1 de abril de 2014

Pregón Carlos Herrera 2001 ( 2º parte )




Un hombre de planta gallarda y de aspecto moreno porta una Cruz y camina por Sevilla. Es un gitano. Le acompaña el pueblo, un remolino acompasado y pasional que le abriga hasta su última revirá, una cuadrilla de hombres valientes, un capataz con voz arenosa y una Madre de Dios que solo olvida sus Angustias si Alberto Gallardo es quien la mece y le habla desde el amor de su recia voz de mando. Así desde 1759.

La voz sincera del celador que pedía la venia había olvidado las palabras de ceremonia:

.- La Real y Fervorosa... no; la Hermandad pide al Consejo... no; ha llegado en Estación de Penitencia la Archicofradía... no, tampoco. En fin, "que los Gitanos quieren pasar".


Y cuando pasan ellos, ya nada es igual. Detrás de Nuestro Señor de la Salud, ese viento de componente sur que derriba voluntades, nos queda un fuego en el sueño, invadiéndolo todo. Y año tras año, emocionándome con su larga, sobria y sincera chicotá por La Campana, vuelvo a reflexionar acerca de cómo la historia de la Hermandad va indisolublemente unida a la del pueblo gitano. Los gitanos han errado por la ciudad en busca de su sede definitiva. ¡De cuantos sitios no se han tenido que ir!. Nacieron en Triana, en 1753, y ya del Convento del Espíritu Santo se tuvieron que ir al volver allí las Tres Caídas. Siguieron en el Templo agustino de Nuestra Señora del Pópulo, desde donde ya realizaron estación de penitencia a la Catedral. Y siguieron errando a San Nicolás, a San Esteban, a San Román, Santa Catalina. Como buenos gitanos se van de allá donde no les quieren, y de San Román tuvieron que marchar también. No hay pereza para emprender el camino. Y no hay pereza para emprender una obra que habrá de asombrar a Sevilla.

Los Gitanos, ellos y quienes quieren a esa Hermandad –gracias, Cayetana--, levantaron las paredes derruidas de un Templo con el que nadie sabía qué hacer. Ellos lo supieron, lo hicieron. Trabajaron, arriesgaron, expusieron... y ahí está: la Hermandad errante tiene su casa de la que nadie habrá de venir a echarlos.

Que tome nota la ciudad, que le conviene. Gracias en nombre de Sevilla, Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad Sacramental, Animas Benditas y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias Coronada.

En el segundo pliegue de una cartera, bajo un plástico rayado el sevillano lleva a una Virgen. O la guarda en su mesita de noche, donde pasan los sueños el purgatorio, o la cuelga en la pared de su recibidor. O transita las hojas de su agenda. El sevillano lleva una virgen en la guantera de su carro o en el anverso del parasol. Retratada en una vieja estampa, el sevillano lleva su pequeño corazón mariano como el que lleva la foto de una madre, de una hija o de un secreto amor. Vírgenes mocitas nacidas de las manos virtuosas que van del taller de Roldán a los de Luis Alvarez Duarte o Juan Manuel Miñarro.

Vírgenes de Sevilla. Tan hermosas. Sueños de cabecera. Mujeres y niñas que os mecéis al vaivén dorado de una secreta esperanza.

Una Gracia por San Roque
Soledad por San Lorenzo
Una Victoria en el puente
Y una Esperanza al comienzo
De una noche de relente
Trinidad por la Campana
Una Regla en San Andrés
Soledad, Buenaventura
Hay una Aurora temprana
Una Virgen tiene Sed
Porvenir, Paz y ventura
Y otra que yo bien lo sé
Candelaria en San José
Una Gracia y un Amparo
Un Dulce Nombre de Dios
San Esteban, Desamparo
Que esa madre dice adiós
A una Urna y un Decreto
Y en San Isidoro, Loreto.
Hiniesta de San Julián
Misericordia, Dolores
Cada cruz lleva su muerte
La una santa y de ruán
La otra lenta entre estertores
Mi Salud por San Gonzalo
Dolores en los Servitas
En el Baratillo, Piedad
Y en su capilla un regalo
Para las almas benditas
Vestida de Caridad
Amargura en tu semblante
Lirios para Concepción
San Benito, Encarnación.
Lágrimas que caen punzantes
De tus ojos a tu talle
Clavado en un crucifijo
A María Santísima del Valle
Se le está muriendo un hijo.
Guadalupe por sus aguas
Patrocinio sobre el río
Una niña en Calle Parras
Y el suave bombardeo
Del llanto de escalofrío
De Las Aguas del Museo.
Pasa María de La Palma
Pasa Merced de Pasión
Lágrimas de Exaltación
Rezo de mansa calma
de Rosario en Montesión
Y Refugio en San Bernardo
Presentación, Magdalena
Y un sorbo del pozo amargo
De quien muere por condena
Y por ella se enajena
Sevilla hoy te acompaña
Hasta el monte del calvario
Pisando sangre y arena
que el hijo de tus entrañas
rodeado de falsarios
Va a la muerte, Macarena


Es muy común entre aquellos que acuden a Sevilla a deleitarse el espíritu contemplando la SS, una cierta desorientación cuando de identificar Vírgenes bajo Palio se trata. Lo cual es, por otra parte, perfectamente lógico. Muchos se esfuerzan en diferenciar matices o detalles claros que identifican a una u otra imagen, pero también los hay quienes, a la tercera cofradía, ya suelen preguntarte, así haya un poco de confianza, si de veras importa mucho que una sea de aquí o de allí si luego son todas iguales. En ese momento empieza ese repetido pasaje en el que un sevillano se ve obligado a explicar lo obvio una vez más. Es cuando se explica, en menor o mayor medida --y según lo harto que se esté de andar de guía turístico--, que la Virgen es una, que varias son sus advocaciones y que ellas se distinguen por todo lo que llevan detrás y por detalles nimios que son, en realidad, un mundo. Un pequeño distingo en la posición de las manos o en la inclinación de la cabeza es una fuente inagotable de matices. Por no decir aquellos elementos que, siendo los mismos, varían en apariencia y consistencia, desde la corona al manípulo y de la mantilla de blonda a la toca de sobremanto. Por no seguir hablando de los mantos y las sayas, que son más evidentes.

Aunque siempre está el que no acaba de entenderlo porque no sabe bien a lo que venía y nos ha tocado a nosotros en suerte. Sin ir más lejos a mí me correspondió en mi lote el pasado año a un divertido norteño que se sorprendió muchísimo el Lunes Santo de que no volvieran a Salir todas las imágenes del Domingo de Ramos ya que creía que los pasos eran los mismos todos los días de la semana. Hube de advertirle que no sería de buen gusto que una Hermandad le dejara a otra a su Virgen como si fuera un futbolista cedido para jugar amistosos. Lo entendió, claro. Tanto que a la altura del Miércoles estaba entusiasmado y daba vivas a Sevilla y a los sevillanos por tan hermosa manifestación popular.


El problema vino cuando llegó el Jueves y después la Madrugá y observó que buena parte de los pasos no llevaban música. Por mucho que le expliqué que la severidad del día aconsejaba que determinados misterios anduvieran entre un respetuoso silencio, no hubo manera de convencerle de que el Calvario, por ejemplo, no transcurriría mejor con la marcha de Campanilleros como él sugería. Así y todo, marchó entusiasmado.

Otra íntima y querida amiga que se estrenaba en Semana Santa preguntó cuanto costaría conseguir la concesión de un servicio de catering con camareros en los palcos y con servicio de almacenaje debajo de estos. Catalana ella, me decía con su enternecedor acento: "siempre se podría sacar algo".

En Sevilla no acabamos de ponernos de acuerdo acerca de la conveniencia de atraer a forasteros a nuestra Semana Mayor. Hay quien piensa que mejor y con más sitio estaríamos solos y hay quien cree que siempre enriquece conocer y que te conozcan. Yo tengo cosas de ambos bandos.

Pero como les decía, entre aquellos que vienen a vernos en Semana Santa, están muchos sinceros amantes de Sevilla que siempre son bienvenidos. Entre ese grupo podría estar mi compadre Alvarito, de quien me voy a permitir la licencia de contar una breve historia. Andaba este hombre debatiéndose entre un par de dramas, hace de esto muchos años, de los que no acababa de salir y que le estaban costando el carácter. Supe de su estado y le invité, una vez más, a conocer la SS, como ya había hecho otras veces aunque sin éxito. Esta vez aceptó y ya no me dijo lo de todos los años:

--que quieres que te diga, a mí la religión y las vírgenes no me convencen ni me dicen nada.

Sencillamente tomó un avión desde Barcelona y vino a caer en mis territorios un miércoles de atardecida. Quiso la casualidad que en ese momento estuviera revirando muy cerca de mi casa la impresionante canastilla del Cristo de la Salud de San Bernardo, el cual pareció abalanzarse sobre mi amigo con el imponente realismo de su rostro recostado y la Fe desbordante de su gente. Aquél primer impacto causó su primera mueca de emoción, pero esta ya se desbordó hasta el llanto, como una auténtica Magdalena, cuando vivió en primera fila el impresionante derroche de fuerza y amor que se gasta la gente de la Lanzada en subir la cuesta del Bacalao.

Cuando empezó la banda a interpretar La Saeta de Serrat, en arreglo de Guillermo Fdz Ríos, ya no pudo más, se rindió de rodillas ante lo que estaba viendo y su llanto se transformó en auténtico jadeo. Yo, conocedor de su pasado, solo fui capaz de decirle:

.- Si estás a disgusto, dímelo, hijo mío, que nos vamos a otro sitio.

Ni que decir tiene que este hombre siguió viniendo año tras año hasta nuestros días, dándose la circunstancia de que al segundo o tercer año de pasar una Semana Santa de auténtico "jartible", viendo llegar un paso de una cofradía de barrio conocido por sus andares vistosos y su irresistible personalidad, observé que mostraba signos de disgusto en su expresión y que, levemente, decía que no con la cabeza mientras entornaba displicentemente los párpados. Me extrañó esa reacción pues sé que era de sus cofradías recientemente favoritas y le pregunté por lo que ocurría. ¿Quieren ustedes creer lo que me contestó?. Me señaló al Paso y entre circunspecto e indignado me dijo:

.- Vaya como viene botando ese patero derecho.

Pero dijo más, mientras yo enmudecía comprobando que tenía razón:

.- O cuidamos nuestras cosas o acabamos con esto en cuatro días.

Es decir, me estaba riñendo. Yo me santigüé y volví mi vista a la Virgen.

Pero de todos los casos paradigmáticos del irresistible imán de Sevilla yo me permitiría citarles el de quién hoy es mi esposa y madre de dos sevillanos que ya se han estrenado en los trámites nazarenos. Por si no lo saben, mi mujer es de origen navarro. Cuando yo le hablaba, recién ella llegada, además, de muchos años de residencia en la América Hispana, me preguntaba a mí mismo hasta qué punto estaba yo dispuesto a sacrificar mi Semana Santa en el caso de que llegaramos a más y a aquella muchacha no le entrara la Pasión por nuestras tradiciones, que, de hecho, es algo que a veces pasa.

De modo que aquél primer año en el que ella se llegó a Sevilla por Domingo de Ramos, les aseguro que procuré que disfrutara de la Semana Santa más excepcional que ser humano alguno haya conocido. Hablé con los capataces amigos para que le dedicaran las chicotás más emocionantes, diciéndoles si era necesario que se trataba de una pobre muchacha enferma que no acababa de recuperarse, alguno hubo que la miró, me miró a mí y me dijo "¿de recuperarse de qué, miarma?".



Le hice ver los misterios desde los mejores balcones, escuchar a saeteros emocionantes uno por cada lado, asistir desde rincones privilegiados a los momentos más enternecedores, presenciar desde su capilla la salida de algunos pasos y la recogida de otros... en fin, pasar una Semana que muchos sevillanos tal vez no conozcan. La cosa funcionó ya que desde aquel año se ha convertido en una sabia y prudente cofrade. Aunque el momento en el que comprobé que la Semana Santa había entrado en sus venas de forma irremediable ocurrió al cabo de tan solo un par de años, cuando, ya yo tranquilo sabiendo que no me iba a proponer que nos fuéramos a Benidorm o a Matalascañas, estábamos asistiendo en el balcón de un amigo al paso de una de las cofradías de su preferencia. Ella, aunque no se lo crean, estaba escuchando las transmisiones radiofónicas que Fran, Juanmi, Luis, Víctor, Araceli o Charo bordan en Canal Sur Radio y, en un momento determinado, hizo un gesto de manifiesto desacuerdo y enfado, ese al que me refería antes y que consiste en decir muchas veces que no con la cabeza. Cuando me interesé por lo que pasaba, temiéndome algo malo, ella, parsimoniosamente, se retiró un auricular de su oído y me espetó:

.- ¿Que qué ha pasado? Que la cofradía ha entrado con dieciocho minutos de retraso.

Y añadió:

.- ¿Hay derecho a esto?

Les aseguro que desde ese momento estuve mucho más tranquilo. Supe que, para siempre, yo y mis generaciones venideras, seguiríamos siendo cofrades.

¿Y por qué no irnos a los barrios?

Para ir a los barrios, a nuestros barrios más sevillanos, en Semana Santa yo me suelo limpiar mis zapatos como si fuera a pasar revista en mi antigua unidad de ferrocarriles. Y me los limpio al sevillano modo, cepillando y abrillantando hasta que en ellos pueda mirar, cuando la emoción me secuestra y el respeto me achanta la cabeza, la candelería de un palio como si fuera un pulido espejo.

Los barrios. Un respeto, señores, que estamos en los repelucos de Sevilla, en la sagrada tierra extramuros de la vieja ciudad, donde las hermandades más alejadas van a poner su cruz de guía rumbo al corazón de Sevilla para decir bien fuerte, a los cuatro vientos de la veleta del Giraldillo, que hasta aquí hemos venido porque así lo sentimos, así somos, así nos queremos y así os vamos a enamorar con nuestros mejores andares, con nuestras más perfumadas flores, con nuestras más veneradas creencias. Son las gentes del barrio León y del Cerro del Aguila, de Nervión y del Tiro de Línea. Son las Sevillas de lejos que tan cerca del corazón las sentimos cuando pasan por delante de nuestros ojos, llevando el orgullo de sus barrios con la misma elegancia y soberanía con la que suelen llevar sus pasos. Y detrás de ellos, siempre, siempre, me puso el repeluco a la altura del cuello, esos otros pasos interminables, ¿perdidos quizás?, de tantas y tantas mujeres, lloradas de cera, rezando tras sus palios a favor de no sé qué contraria pena.

Un respeto, que vienen los barrios, los barrios de la Sevilla más nueva, de la Sevilla que se saltó las murallas porque dentro ya no se cabía, porque se llevaron más allá del río y más allá del Cortijo Maestro Escuela a la Sevilla de siempre, la Sevilla que hoy aquí nos congrega. Un respeto porque nos van a embelesar con su alegría, nos van a poner un poco de azúcar en la hiel de una Pasión tan sentida, para que podamos sobrellevar los pellizcos del corazón de una semana tan grande con el relevo, con el respiro que cualquier cuerpo mortal necesita para una tarea tan abrumadora. Una alegría rara, especial, muy sevillana porque nos va hacer llorar. ¿Se puede llorar de alegría viendo al Cerro? Escúchame bien: si no lo has hecho haztelo mirar. Es un sentimiento confuso donde la emoción se nos escapa en una inteligible multiplicidad de sensaciones que tiene algo que ver con los niños vestidos de fiesta, con el tío de los globos de los pokemon, con el viejo amigo reencontrado en el mismo lugar de todos los martes santos, con ese barrio volcado en las calles, con ese, en fin, júbilo desbordante que nos contagia para serenarnos y emocionarnos a la vez.

A esos barrios les quiero dar su sitio, el sitio que ellos mismos han sabido conquistar en un territorio tan exigente para sus cosas como es Sevilla. Y ahí están. Por derecho propio. Mejor dicho, por esa izquierda "adelante" y esa derecha atrás. Que es su mejor cuerpo jurídico. Su más encastada argumentación judicial. Os espero este año como siempre os he esperado. Con las puertas de la sorpresa bien engrasadas para vivir con la intensidad que sabéis transmitir lo más hondo de una Pasión según los barrios, mis barrios de Sevilla.

A mi me gusta ir a Triana a otear sus sombras fugaces. Me gusta ese rumor de ángeles que surge de sus rincones. Me pongo de puntillas desde este lado del río para mirarla en secreto, para asomarme en ese momento en el que se cambia el vestido, justo al atardecer. El viento, en Triana, se hace sinfonía en los callejones y la luz me sigue por los escondites secretos. Me dejo ir, que es la mejor forma de sujetarse a uno mismo.

Adónde va esa Estrella que cruza como un escalofrío por entre niños y globos palmas en estado asombro?

De qué firmamento ha huido para hacerse mujer en Triana?
Que hijos del cielo la están llevando a hombros
Qué extraña y temblorosa filigrana
Danza en mis labios cuando la nombro?
Va a Sevilla.
Viene de San Jacinto y a San Jacinto mira
Quiere volver, atravesar su Altozano
Y una cava y una calle.
Y tantas vidas
tanto planeta temprano
que la espera de recogida
Quien dijo que una Estrella
era un brillo lejano
Nacido en alguna huella
De un firmamento quebrado?
Quién dijo que están remotas
De Sevilla las estrellas
Si aquí hay una que alborota
Con su cara de doncella
Con su nombre de lucero
De esos que el cielo regala
las noches en las que espero
Con los sentidos en danza
Se me abalance la luna clara
Y la luna no se abalanza.
Con ese llanto que alcanza
La espalda de una emoción.
Lágrimas de redención
De este largo laberinto.
Es el llanto de una estrella
Que en el cielo dejó huella
Y que vive en San Jacinto


Triana le da a la vida color de almanaque en fiesta. Tal vez con los ojos cerrados sabríamos que está pasando su gente, esa que camina como si navegara, surcando aceras, atracando en portales y zaguanes, saludándose como solo saben hacerlo las gentes de la mar, de puente a puente, de mano a mano. Triana tiene aromas de ciudad enamorada, y en sus días grandes saca del armario su ropaje de arrebato. Nada queda indiferente al paso de sus cosas porque no hay corazón que no se venza ante sus vendavales.

El nazareno de la O no podría cruzar las aguas del río que frisa su capilla si no hubiera detrás y delante y la vera un pueblo levantado en amores aliviándole del peso del carey que fuerza su columna. Es el mismo pueblo que se viste de marinero de amores y sale a navegar desde la calle Pureza.

Y en Triana, mi Esperanza
Y en Triana, la señora
Que por las aguas avanza
Con seis varales de eslora
Una calle de barrio viejo
Que se convierte en altar
Y en barco que va parejo
Como un palio por la mar
Oleaje de blanca cera
desde babor a estribor
la mecen por habaneras
de corneta y de tambor
Sus banderas, estandartes
Marineros de costal
En la gente, su baluarte
Y en su memoria, arrabal
Su Palio, vela mayor
Su itinerario, la aurora
Su timón, un llamador
Y en el puente, la Señora
De grumete, un aguaó
por la proa, nazarenos
en la mar, un resplandor
y allá en el cielo, ni un trueno
Y sirviéndole de amparo
Donde las aguas se abren
Triana tiene su faro
En la Capilla del Carmen
Pañuelos de despedida
Que se echan a volar
Como lágrimas caídas
Que se ahogan en la mar
Bronce que tañe en repique
En la espadaña del puerto
mientras abajo, en el dique
parte un Palio a mar abierto
un viento por la trasera
chicotá tras chicotá
la lleva hasta la ribera
de la misma Madrugá
Un suave balanceo
Tiene su vieja madera
En su bodega, ajetreo
De hombre y trabajadera
el horizonte, Sevilla
hacia Catedral avanza
Que más allá de la orilla
Tiene espejo esta Esperanza
Adiós, Madre y Capitana
Tengas feliz singladura
Mañana por la mañana
Tu cara aún será más pura
Y De vuelta por la bocana
Del puente a la embocadura
El aire de tu Triana
Te ceñirá la cintura
Mientras, la sangre batiente
De las almas en espera
Dará color de poniente
A esta pronta primavera
leva anclas, barlovento
que hoy le sirve de vigía
entre el recodo del viento
su bendita cruz de guía
doce horas de crucero
corazones en bonanza
que en Triana, marineros
ya navega la Esperanza

La vida pasa como una lenta cofradía que siempre acaba siendo más rápida de lo que creemos. El está sentado a la vera de la vieja puerta caída de aquel zaguán en el que empezó a jugar a los medios amores siendo sesenta años más joven. Cada Lunes Santo sale religiosamente con su silla a contemplar la metáfora de la vida. Desde la Cruz de Guía a la trasera del Palio, la vida nace y muere como esa misma cofradía a la que ha dado los mejores años de su fecundo calendario. El pelo amarillea y las monturas de pasta ocre pesan en esa nariz aún sorprendida por los primeros azahares, solo unas semanas atrás.

Brazos cruzados sobre el pecho, como esperando un reto; rebeca porque "de estas tardes de abril nunca hay que fiarse" y la foto de su nieto en la cartera poco antes de que cumpliera con el rito de su primer cirio de cera blanca.

Ya llegó la Cruz de Guía:

.- ahí no vayais a ponerse que no veo.

Y ese primer tramo de nazarenos en el que debutaste. Qué pocos erais entonces. Piensas, una vez más, un año más, en el sagrado rito de salir de casa de la mano de tu padre, por primera vez, vestido de nazareno. Y piensas, inevitablemente, en los rubores de emoción que él debió sentir aquella lejana tarde mientras tiraba de ti para soltarte de los brazos de una madre que aún te estaba estirando la túnica. En tu casa olía a alhucema, cisco de picón. En tu calle, los niños de entonces disputaban los piojos y las bolas, en el cielo aún no habían tranvías y Sevilla, en tu memoria, se parecía mucho a una gota de miel, tibia y espesa, que se desliza suavemente hasta el pecho.

Hoy en tu silla, esa desde la que pueden seguirse las costumbres de los gorriones, te ves en tantos chiquillos que estrenan impaciencia y que empiezan a tragarse, sin apenas darse cuenta, el libro de reglas no escritas de su ciudad. Acabarás subiendo al balcón, como cada año, cuando llegue ese otro tramo de tan jugosos recuerdos, de cuando eras nazareno con novia y ya portabas aquella humilde vara de cofradía de barrio. ¡Con lo que te gusta a ti ver a tu Dolorosa desde ese perfil derecho, a ras de suelo, como hay que ver a la Virgen!. Y otra vez a tragar Palio.

Tu quisieras pero tus piernas ya no están para una bulla. Tu cofradía iba creciendo de noche en noche, limpiando la plata y pespunteando cuaresmas. Sábado Santo aquél de Santo Entierro y de Estandarte recogido en casa hasta llegar el Corpus. Empezaban entonces las casas de Hermandad, tímidamente, según el poderío. Vuestra Casa era la cochera de algún hermano o la misma Sacristía de la Iglesia. Noches de tabaco de picadura liados con el mimo que da la escasez; noches de Radio, noches de Cruz de Guía; noches de horas y horas de tertulia.

.- estas son horas de llegar, Antonio?,

.- mujer si es que ha venido Don Gonzalo, el capellán del aire;

Noches de reparto de túnicas, así a ojo, en lo que no fallabas nunca:

.- A ese niño tráele la 147

Y le iba perfecta, luego a su casa a orearla y a que su madre le cambiara la tela del antifaz "que nunca se sabe quien la llevaba el año pasado"; noches de repasar las canastillas con purpurina; noches de fiambreras de bacalao con tomate esperando en vísperas que algún hermano llegara tarde al reparto. Noche y noches y tardes y tardes. Tardes de zaguán y de costaleros que saben que los zaguanes de Sevilla son los camerinos donde vestirse de héroes.

.- Niña, ¿cuantos nazarenos dices que salen este año?, ¿mil setecientos?

¡Madre del Amor Hermoso! Pues no nos hemos llegado a inventar cosas para estirar la Cofradía.
Cuando eras Diputado de Cruz de Guía tenías que pònerte de acuerdo con el Diputado Mayor de Gobierno si parabas la cruz en esa calle a la altura de la primera cartelera del cine o de la última, porque siempre le faltaban diez metros de cofradía junto al Palio.

Ese mismo Cristo que está anunciándose en los tambores que ya te retumban en el pecho, es el Cristo de la fotografía de tu recibidor, junto al viejo bastón que gastó tu padre y que has gastado tú, sobre un jarrón con destellos rojos que nunca acaban de oler a campo pero sí a nostalgia y junto a la misma silla que todos los años conoce el camino de subida y de bajada. Conoces la mirada de esos ojos porque es lo primero que has estado mirando toda tu vida al entrar en casa, yendo o viniendo de aquél trabajo que hoy te ha dejado una calderilla y la fotografía en colores del día de tu jubilación. En el horizonte relampaguean los ojos de la tarde que al apagarse dejan escuchar la voz antigua de los cielos de abril.

Realmente la casa no debería tener tantos espejos. Desde que estáis solos no necesitáis veros más que el uno al otro. A veces la vida te parece una cosa tan vana que hasta sientes deseos de ir apagando las lámparas para que tus ojos descansen en la sombra. El café siempre acaba derramándose en tus pantalones, algún canalla aparta las paredes de casa para que no te apoyes y ya han de decirte dos veces las cosas para que las oigas bien.

Sin embargo quisieras sacudirte el polvo de los días y bajar con ellos a llenarte los ojos de lágrimas y los bolsillos de caramelos, a sujetar tu antifaz con tu mano vigorosa, a mirar muchachas agazapado en tu anonimato, a saludar discretamente con un gesto de tu mano a los conocidos de la carrera oficial, a escuchar de nuevo al Brigada Rafael, a mirar una y otra vez a esa Dolorosa que obra el milagro serpenteante de una larga hilera de nazarenos...

¡Ay, si tuvieras cincuenta desengaños menos!
Y cuarenta madrugadas por vivir
Y a tu vera aquellos ojos tan morenos
Con hechuras de sirena
Que también vivía en San Gil
y se llamaba Macarena
Que contigo y tus anhelos
Andando en pos de los cielos
y con la misma exigencia
Año a año y a tu vera
Fue una mujer nazarena
Con solo una diferencia
No le hizo falta una túnica
Era de los dos la única
En creerse la penitencia
Y el tiempo os ha mantenido
Y os ha plateado la sien
Juntos, cómplices los dos
Tu en tu balcón, embebido
Y ella embebida también
Para dar gracias a Dios.

¿Cómo te gusta más la Macarena, sevillano?

¿Con la penunbra del último brillo de su candelería o con la primera luz de la mañana asaltando su rostro en una calleja?

Dime, ¿cómo te gusta más?

¿En la soledad de su camarín o en la multitud de su Arco?

¿Cómo te gusta más la Macarena?

¿En la suave y llorosa mecida de cualquier segundo de la Estación de Penitencia o en su víspera hebrea de una tarde de paseo?

Dime, sevillano, ¿cómo te gusta más?

¿Surcando el atronador griterío de corazones que la espera en su salida o recogiendo el caudal de lágrimas que la arropa en su vuelta?

¿Cómo te gusta más la Macarena?

¿En la quietud de Sor Angela o en el arrebato del Duque?

¿En el silencio de la Catedral o al amparo de las voces de su barrio?

¿Entre el bullicio de calle Parras o en su encuentro con la Anunciación al compás melancólico de Valle?

Dime, ¿cómo te gusta más?

¿Viéndola llegar, buscándote con su mirada oyéndose de ti, mientras ves su Palio cimbrear por su trasera y te invade esa pegajosa agonía de lo ausente?

Hoy se aparece Dios en el relente
De una noche resuelta en Macarena.
Se me avivan los pulsos bruscamente
Y enloquecen a su paso por las venas
Voy contigo, Señora, hacia la calle
Esperando el milagro y el asombro
Ceñiremos Sevilla por el talle
Y a la luna, el brazo por los hombros
Tú tenme, Macarena, sin medida
Predispuesto a añorarte y a quererte
Porque una aurora entera fue vencida
Para llegar aquí, y poder verte
Y para hincar al pie de tus altares
El peso de mi fe en mis rodillas
Y esperar que en el cielo se dispare
Un repique de amor y campanillas
Que anuncie que la Madre de Sevilla
Llega a casa, feliz, amaneciendo
Tan hermosa, resuelta y tan sencilla
Que hasta el cielo en su amor se le va abriendo
Azahar por los ojos, por las manos
Siento a Dios cabalgando por mis venas
Yo no sé lo que pasa, sevillanos
Cuando miro pasar la Macarena

Me siento en la obligación de contaros una pequeña historia. Es la historia dramática de una muchacha de apenas quince años, llamada Granada en honor de la Virgen de Llerena, pueblecito extremeño lindante con la provincia de Sevilla que tal vez muchos de vosotros conozcáis.



Prácticamente vi nacer a esa chiquilla, hija de unos viejos y entrañables amigos, a la que una deficiencia cardíaca provocó una irremediable y definitiva embolia. Sus padres apenas tuvieron tiempo de tomar su mano y ver sus ojos cerrados, y su cuerpo inerte y su labio breve y adolescente desdibujado por la gravedad. Fueron interminables días de agonía. Días de despedida. Días de desolación. ¿Qué puede ser peor que ver morir a un hijo en la primavera incipiente de la adolescencia?. El catorce de diciembre era la noche del traslado de la Macarena desde su camarín al altar. El Hermano Mayor me había confiado el emocionante privilegio de tomar a Nuestra Señora por la cintura durante ese fugaz paseo por los cielos. Los padres de Granada, al borde ésta de su último suspiro de vida, supieron de boca de los médicos lo irreversible de la situación: los jazmines de sus ojos no se habrían de volver a abrir. Solo quedaba la Fe, la que consuela territorios anegados por el llanto, la que brinda al hombre la esperanza de cada amanecida. Aquella noche, con el rostro de Nuestra Señora a unos pocos centímetros de distancia, rogué con todas mis fuerzas que las manos de Granada fueran las mías, que sus labios fueran los míos, hechos oración y súplica. Rogué a la Macarena consuelo para esas almas, regazo para esa niña, plaza de amor en el paraíso, milagro en la Tierra, vida en la vida. Se lo dije en el verso asonante de una oración, en el ruego descarnado de mi corazón apesadumbrado. Mis manos estaban en el talle de la Madre de Dios y mi mejilla rozaba la suya, en un sueño imposible de hombre enamorado. Al día siguiente, una llamada telefónica comunicó lo que todos veníamos esperando. Un hilo de voz emocionado y lloroso me confirmó que a esas mismas horas de la noche de ayer, Granada, la dulce muchacha que apenas había estrenado el camisón caliente de la vida, la novia impensable de esa muerte inesperada, la breve Granada de una vida apenas asomada al balcón de las cosas.... ante el asombro de sus médicos y cuidadores, había experimentado una inexplicable mejoría, había abierto sus ojos, tomado la mano de los suyos y pronunciado el nombre de su madre con un hilo de voz tras el que se adivinaba la vida.

Estaba viva. Nadie podía explicárselo... excepto yo.

No digáis que me lo calle
Porque merece la pena
Yo tuve a la Macarena
Sostenida por el talle
Si me faltaba un detalle
Para sentiros hermanos
Miradme aquí, en estas manos
Donde el amor dejó huella.
Después de tocarla a ella
¿soy de aquí o no, sevillanos?

Debió de ser poco después de las nueve. Inevitablemente, tuvieron que encontrarse en ese limbo blanco de la inconsciencia.

No pueden oírme,
ni saber que tengo los ojos abiertos
Ni sentirme
En el calor de un cuerpo cubierto
Ni en el temblor de la mano de los dos
Y tu quien eres
Yo me llamo Macarena
y soy la Madre de Dios
¿Macarena?
¿Por qué sabes quien soy yo?
He subido yo hasta el cielo o...
has venido tú como último consuelo
No. Alguien me lo pidió
Y en su voz a contrapelo,
vibraba un dolor humano
que llegaba hasta las manos
Conque asía mi cintura
La habitación es oscura.
¿pueden verte los demás?
¿Te están viendo así,
sin tu manto,
sin corona,
y con ese fulgor blanco
que no había visto jamás?
Solo ve quien ha de ver.
La muerte que desazona,
brinda
a cada persona
instantes para que piense
y prescinda
de cualquiera menester.
Siéntate aquí, a mi vera, y dime
¿voy a morirme, Señora?
Eres pronta primavera,
y tal vez no sea aun la hora
de recibirte en el cielo
como un alma voladora
escapada de su nido
a destiempo y a deshora.
¿Qué es la muerte, Macarena?
¿La muerte?
La muerte es una cadena
que se ata o que se parte
según lo sienta la Fe
que se esconde y se reparte
en el fondo de ese alma
que Dios de un vistazo ve
¿Y mi gente, Macarena?
Volverán a hablar contigo,
volverán a ver tus ojos,
volverán a ser testigos
de tus pulsos, tus antojos
y tus años que bendigo.
Pues por hoy el Paraíso
puede cruzarse de brazos.
Vi partir de mi regazo,
a un hijo de treinta y tres años
y lo sé todo de la ausencia y de la pena
y de todos los aledaños
de tan terrible condena.
Quédate en paz, jovencita.
Y ven a verme, a que te vea.
Cuando estés en mi presencia,
verás que me centellean
los ojos y que mis labios
te hablan con la querencia
de quien desde hoy abriga
la esperanza de encontrarse
con los ojos de una hija
que por edad es mi amiga.

Vuélvete atrás, muchachita,
quédate en casa y recuerda
que quien llegó de San Gil te dijo
que aunque el cielo te pierda,
gana la vida, vive un hijo
y la nueva alborada
que ahora en tus ojos se estrena.
Y Vete con Dios, Granada
Si es contigo, Macarena.

Y ya poco más. Solo, si acaso, una postrera reflexión. Empieza un nuevo milenio. Y nos enfrentamos a un manojo de retos personales y colectivos que van a poner a prueba nuestra Fe, nuestra fuerza, y, especialmente, nuestra imaginación. Lo mejor, por qué dudarlo, está por llegar, pero no debemos perder de vista determinados aspectos que nos deben mantener alerta.

La Semana Santa, no nos engañemos, ha pasado de ser un objeto de culto íntimo, personal, lleno de resortes secretos, a convertirse en un objeto de culto masivo. Nadie es culpable en primera persona, aunque todos y cada uno de nosotros añoramos los días en los que se podía ver venir un paso, tras una hilera de luces tibias, en una esquina cualquiera. Eso ya no es posible. Y no sabemos lo que no será posible dentro de unos años. Dar viejas dimensiones a lo que está por venir es muy difícil, casi imposible, pero ese, y algún otro, es el reto: redimensionar, devolver las cosas a sus proporciones lógicas. Y construir entre todos una Iglesia comprometida, valiente, actual. Nosotros somos Iglesia, no sólo los sacerdotes. No nos encerremos en las sacristías, ni en las salas capitulares; saquemos a Dios a la calle y hagamos de este siglo XXI el escenario de tanta justicia pendiente.



Porque hace ya dos milenios que, como escuché relatar en la siempre cercana América, vivió un hombre que sólo saboreó la vida durante treinta y tres años: era hijo de un humilde carpintero, nació en un pequeño pueblo y vivió en otro hasta que cumplió los treinta. Nadie supo nada de él durante ese tiempo. Predicó entonces durante tres años. Nunca tuvo una familia, ni un hogar, ni vivió en una gran ciudad. Nunca viajó mas allá de doscientos kilómetros de su lugar de nacimiento. Jamás escribió un libro, ni abrió una oficina, ni fundo una compañía. La opinión pública viró contra él y sus amigos le dieron la espalda. El perdonó a sus enemigos y fue crucificado entre dos ladrones.

Al morir, sus ejecutores se sortearon la que era su única propiedad, su túnica, poco antes de ser enterrado en una tumba.

Han pasado veinte siglos, dos mil años, y ese sencillo hombre es hoy la figura central para la gran parte de la humanidad. Todos los ejércitos que han desfilado, todas las armadas que han navegado, todos los reyes que han reinado, juntos, no han tenido la misma influencia sobre la vida de los seres humanos que tuvo ese hombre que protagonizó una vida solitaria.

Hoy mismo estallará Sevilla en vísperas y la ciudad hablará del pregón: en familia, entre amigos o en las célebres tertulias cofrades, esas tertulias –El Cirio Apago, Los Esplendores, El Cabildo, Homo Cofrade--, con su muchísima gracia y su mijita de colmillito. Sed magnánimos, sevillanos, que se ha echado la noche a manivela y ahora soy nazareno de vuelta a casa. Es cuando pido al tiempo que pare, que necesito soñar.

Soñar que de veras he estado aquí, que de veras te he tenido para mí durante algo más de una hora, Sevilla. Desde hoy, y con la edad que tengo, ya no aspiro a labrarme un futuro, sino a labrarme un pasado.

Me aturdo entre la nana y el respingo, entre las cruces y las rosas. Tengo la suerte de saber como suena el amor de Sevilla desde este lado. Cruza las esquinas la sombra del Angel y todo lo envuelve ese aire de milagro cumplido.

Caricia, y sollozo, y fe y certeza
María ofrece como aurora al día
eterno todo siempre en su belleza
De lumbre alta como luna fría
Por tu hijo trajina una tristeza
Que en tu rostro se sacia de agonía
Y sin deseo el alma a darse empieza
Entera cuenta de su voz tardía
El mundo en desafío ante tu puerta
Mi amor de hombre, carga endurecida
Y su pasado roto, y su alma herida
Mis extremos silencios de agua incierta
Y mi ansiedad de ti, y sin medida
Mi esperanza, Candelaria, y mi vida

He dicho.




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