11 de marzo de 2015

Pregón Enrique Esquivias - 2007






Hoy más que nunca, me gustaría que mis palabras pudieran llegar a los que sólo conocerán este pregón a través de la lectura; a los que no han podido disfrutar escuchando Amargura, ni lo harán en esta vida, como aquella niña que lo primero que oyó fueron las campanas del Cielo el día que supe que estaría con vosotros; a los que no saben por qué nos gusta tanto el arranque de Estrella Sublime o el trío de Esperanza Macarena; a los que nunca oirán las bambalinas de Gracia y Esperanza, resonando contra las paredes blancas de Caballerizas, tan solo vestidas con la luz de la candelería de Su paso, en ese momento de la noche en que vemos marcharse a la Virgen camino de San Roque, a compás de los versos de Rodríguez Buzón y nosotros nos quedamos solos, pisando el suelo que un momento antes pisaron Sus costaleros, dudando entre rematar en Triana, en San Juan de la Palma o en San Julián el día que estuvimos esperando todo el año y se nos ha escapado de la memoria sin darnos cuenta. Quisiera hacer temblar las entrañas de los que viven en un mundo de silencios, cuando una campana seca, destemplada y acompasada de un muñidor anuncia cortejo mortuorio de otra época, y lo que ya se nos escapa es la semana entera que sirve de excusa para el resto del año; una Mujer con Su Hijo en brazos, muerto por amor, cruza las calles cansadas del bullicio, dieciocho dolientes y una ciudad por testigo. Quisiera hacer llegar mi voz a los que no saben cómo es el rugido de expectación de otra Campana, después de la larga espera, cuando seis ciriales doblan la esquina de la antigua Farmacia Central, confirmando que la Más Hermosa entre las mujeres ya está parada en El Duque, a punto de dar la Madre de todas las Chicotás. Me dirijo a los que ignoran el crujido del madero del Crucificado de La Magdalena, tan muerto que todo a su alrededor llama a la muerte, Calvario inmenso de negrura que cruza Sevilla entre Esperanzas de Resurrección; o el tintineo de las campanitas de la borrica de la ilusión; el de las águilas de plata de la Señorita Alfarera, que pintaba loza fina en un taller del final de la calle Castilla; el crepitar de los hachones del que fue de Burgos y lo quisieron en Sevilla; los cantos de las Hermanitas a la más Señorial y más Amarga; el ruido de los corbatines contra los varales de la Panadera que engendró el Pan de Amor; el de los rosarios chocando contra doce varales calados, tan huecos como el sueño que dibujó un paso en sepia y marfil de un Jueves Santo que sólo existe en una calle Feria de oficios y mantillas; el redoble inconfundible de la Centuria; los solos de Julio Vera; la voz señorial, sacada de las viejas dinastías de los muelles, de Rafael Ariza mandando a su Virgen del nombre redondo; la de Alberto Gallardo llamando a su gente canela y clavo, para romper la mañana delante de una Gitana de piel morena y mantilla fina de encaje, Angustiada porque quieren matar a Su Hijo. Le hablo a los que nunca notarán cómo se descompone una marcha cuando la banda nos deja atrás, invirtiendo el orden de los instrumentos, mientras se disuelve la espera y nos quedamos con la mirada clavada en un manto, una corona y unos candelabros de cola.

Y me dirijo también, cómo no, a los que todos los años vemos en las mismas calles, en las mismas esquinas, en las mismas sillas de rueda, a la misma hora y viendo la misma cofradía; a los que tienen que seguir disfrutando de la mano del padre o la madre, a pesar de que el calendario de la vida pudiera presumir otra cosa o a los que en la Ciudad de la Luz nunca la disfrutarán, como ese hombre, que yo conozco, repartiendo ilusiones todo el año entre El Duque y El Museo, que recobra la vista un lunes de primavera con la Fe y la Devoción, a través del brillo de la mirada más limpia y transparente de toda Sevilla, la de su Virgen de las Aguas.

Hoy alzo mi voz por aquellos a quienes la vida quiso poner más trabas de las que ya de por sí tiene para todos, pero el Cielo les mantuvo la gracia de ser cofrades en Sevilla.

LA LARGA ESPERA

Con la Venia de Su Eminencia Reverendísima, Excmo. Sr. Alcalde, Ilmas. Autoridades, Sr. Presidente y Miembros del Consejo General de Hermandades y Cofradías, cofrades y amigos que me acompañáis en el teatro o me seguís a través de la televisión o la radio, señoras y señores:

El 16 de Abril de 2.006 todo el Orbe Cristiano conmemoraba el acontecimiento más grande de la Historia, la Pascua de Resurrección. Nuestra ciudad había amanecido con una aparente calma.

Los templos, ya presididos por el Cirio Pascual, escondían celosamente el misterio que habían desparramado por las calles unos días antes y nada hacía pensar que éstos hubieran tenido algo especial. En definitiva, Sevilla volvía a su vida normal y nosotros dejábamos de identificar sus rincones con una ciudad irreal que sólo habíamos soñado la semana anterior. Pero sin solución de continuidad, volvimos a echarle un pulso a la realidad para construirnos otra ciudad, mucho más artificial, y durante seis días ponernos El Mundo por montera y farolillo. La Feria pasó y las tardes empezaron a crecer. Llegó el mes de las flores a María, y un buen día miles de sevillanos se echaron a los caminos en busca de una Pastora de sonrisa amplia y corazón puro, que vive en una marisma orgullosa de ser la Madre del Niño Dios que juguetea en sus brazos. Volvieron los peregrinos y casi sin tiempo de limpiarse el polvo del camino, se unieron al resto de sus paisanos para acompañar a Su Divina Majestad por las calles, mañanita fresca de romero, altares y Custodia de plata, tarde de ciudad soñolienta y desierta. Tiempo de apreturas de calor, de una ciudad que avanzaba sin remisión camino del estío. Y el General Verano plantó definitivamente sus huestes en Sevilla, que no tuvo más remedio que rendírsele, como cada año, para pedir, una única mañana, permiso de cautiverio y pasear a su Reina de Reyes entre varas de nardos.

Pero no hay pena que cien años dure ni verano que aguante la llegada del otoño y de una ciudad que recobraba poco a poco el pulso, entre advocaciones de La Madre: Dolores, Mercedes, Rosario... La luz blanquecina que había anestesiado todo en verano iba tomando tonos dorados y los plataneros repartidos por las calles las cubrían de caprichosas alfombras jugando al viento. Llegaron las lluvias mientras nos preocupábamos de recordar a los que se fueron para siempre. En los sitios más habituales volvimos a ver colgados, como cada año, talonarios con las Imágenes que tanto queremos, extrañas cuentas de un rosario de adviento. Celebramos la proclamación de nuestro Dogma y un buen día, ya metidos en los fríos, entre Sevilla y Triana, cinco Vírgenes Encintas bajaron a nuestras plantas para confortarnos en la Esperanza de la Buena Nueva. Y la Buena Nueva llegó al son de una pandereta. Nos comimos las doce uvas para celebrar el primer día de Quinario en San Lorenzo y cruzó la ciudad una estela de ilusión, la noche mágica de los caramelos en que todos quisimos volver a ser niños. Y otra vez, casi sin tiempo para más, la Ciudad volvió a hacerle un guiño a la vida real para celebrar la Epifanía del Señor y la Primera Función Principal de Instituto. A renglón seguido la que todavía, con sabor antiguo, viene precedida de una Novena en honor al Señor que sufre, porque la cruz de nuestros pecados lo está doblegando. ¿Quién me presta un templo para rezarte una oración? ¿Quién me presta un templo para describir con una gubia de palabras Tu belleza? ¿Quién me presta un templo para ser alivio de Tu Pasión? ¿Quién me presta un templo para el Hijo de Dios en La Tierra?.

Las convocatorias de cultos se sucedían en las puertas de las iglesias, como hojas de un calendario que nos llevaba a un único destino, mientras los días empezaban a crecer al ritmo de nuestra ilusión. Hasta que por fin, el Invierno doblegó por completo reconociendo su final y dio paso a la antesala de lo eterno. Las tardes ya no eran oscuras, frías ni húmedas, sino decorados por los que pasear los sentidos y cada vez nos recordaban más a aquellas calles que habíamos vivido en un sueño de siete noches de primavera. Un día, de regreso a casa, ya tarde, nos encontramos con un ensayo y quisimos descubrir de qué paso se trataba, a través de los grandes lienzos que todavía cubrían el misterio. En la Puerta Carmona apareció la pancarta más entrañable y las tiendecillas de la Alcaicería se encontraron con las apreturas de todos los años. Y alguna mañana hemos pasado sin darnos cuenta bajo un naranjo y hemos sabido, con toda certeza, que el tiempo de lo auténtico ha llegado. Como niños, hemos perdido las tardes visitando iglesias donde las formas de la ilusión van tomando cuerpo y hemos vuelto a descubrir los pasos, como si fuera la primera vez.

Pero todo eso ya ha pasado, sólo pertenece al mundo de lo real, el de los sentidos es otro que hoy empieza, porque hoy es Domingo de Pregón. Atrás ha quedado un año, con los mismos esfuerzos, alegrías y penas de siempre. Dejadlo pasar, despertad vuestros sentidos y disponeos a disfrutar del gozo de la Verdad. Sacudíos el tedio de todo el año, abrid los corazones y llenaos de ciudad. Hoy es Domingo de pregón.

Y para anunciarlo esta ocasión, alguien cuyo bagaje, una vez más, ha tenido que suplir el Delegado de Fiestas con la amabilidad y la corrección que han sido norma de la casa durante estos años para todos nosotros y hoy, en el final del trayecto, le agradecemos. Ante vosotros este año, alguien que tiene sus raíces divididas entre un barrio de la Sevilla histórica, presidido por un mártir que le dio nombre al Sol y la más hermosa de las vegas de España, a cuya Dueña se encomienda en esta hora para que le colme de Su Gracia. Creedme bien si os digo que hoy me atrevo a ponerme delante de vosotros porque estoy plenamente convencido de que no soy más que una figura secundaria. No preocuparos tanto del Pregonero, el verdadero protagonismo del pregón está en el patio de butacas, delante de las televisiones, en cada transistor; este año yo el capataz, sí, pero vosotros siempre los costaleros. Vosotros, que contáis los años por Domingos de Ramos; vosotros, que de niños poníais un palote a cada día del calendario del colegio, para saber cuánto faltaba; vosotros, a quienes os sorprendieron al mismo tiempo vuestra madre y la adolescencia, con una mesilla de noche con cuatro velas encendidas en la cabeza, una marcha en el tocadiscos y el pasillo de casa convertido en La Campana, a la hora del estudio de cualquier tarde de febrero; vosotros, que en plena juventud os ibais a las tiendas de turistas de los alrededores de la Catedral, para buscar las postales del escudo de oro que os faltaban de la colección; que sabéis que el Foso se llama Palos de la Frontera y el tramo de los antiguos Juzgados Almirante Apodaca, porque lo aprendisteis en aquel programa Orientación, que traía cada año en la portada unos faroles de cruz de guía distintos y se os iba arrugando en el bolsillo de la chaqueta durante la semana, al mismo ritmo que se arrugaba la ilusión de la espera; que os da un pálpito de extraña emoción cada vez que tenéis que abrir un altillo para cambiar la ropa de temporada y veis la bolsa donde tenéis lo que para cualquier otro no es más que una simple túnica; que guardáis las papeletas de sitio como cuentas del rosario de la vida, que reserváis la última mirada de la noche a la medalla que cuelga del cabecero de la cama. A vosotros, que soñáis ya con lo que tenía que llegar, os pido que peguéis el cuello contra el palo de La Verdad, metáis los riñones de la Ilusión y os vengáis conmigo a pasearnos por la Ciudad que nos está esperando. Gracias querido Tte. Alcalde, pero mía no es la palabra sino de ellos, siempre de ellos. ¡Sevillanos!, si estáis puestos, no os lo dejéis robar nunca, a esta es vuestro pregón.

TESTIMONIO DE FE

Y aquí estamos, un año más, después de la larga espera, dispuestos a plantarnos en la calle y hacer girar una ciudad entera a nuestra medida durante una semana. ¿Pero, por qué lo hacemos? Por seguir una tradición de siglos, una simple costumbre, ¿somos folklore?, ¿cultura?, ¿un fenómeno antropológico? ¿Realmente pintamos algo en la sociedad actual? Quizás la pregunta tenga que ir un poco más allá e interrogarnos si pintamos algo en la Iglesia actual. ¿Para qué y por qué salimos a la calle? ¿Quién viene caminando junto al Sumo Sacerdote? ¿Cómo se atreve a discutirle al poder establecido de lo políticamente correcto? Ni siquiera lo mira, pese a estar maniatado mantiene un extraño y distante gesto de desdén, ante quien todos los demás inclinan la cerviz en señal de sumiso respeto. ¿Cómo es capaz de convocar a esa multitud? ¿Qué tiene para que cientos de hombres y mujeres lo acompañen durante tantas horas. ¿Es un loco?, ¿un revolucionario? ¿O es simplemente el Hijo de Dios?, el único capaz de asegurar la Vida Eterna. Dichoso tú, Pedro, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso sino Mi padre del Cielo (Mt. 16, 17-18) Dichosos vosotros, gente sencilla del Tardón y del Barrio León, porque eso que decís no os lo han dicho ni los que mandan, ni los poderosos, ni los alquimistas de las promesas, sino la Fe de un pueblo. Dichosos hombres y mujeres de Sevilla que cada año salís al encuentro de Dios y Su Madre, sin más protagonismo que el de vuestra presencia y vuestro acompañamiento, ajenos quizás, a los entresijos de la Cofradía que contempláis e incluso con menos asistencia de la deseable a las iglesias durante el resto del año, pero fieles cumplidores de una cita que os la marcaron la Fe, la Devoción, el Tiempo y la Historia. Y vosotros, cofrades más comprometidos, cada vez que os impidan cruzar una acera con comodidad, cada vez que os obliguen a tomar el camino más largo por esas calles que sólo utilizáis estos días, cuando estéis un rato parados en la cola de Cerrajería para cruzar Sierpes, cuando una madre con un carrito ocupe todo el ancho de Alvarez Quintero o cuando una pandilla de jóvenes esté armando más ruido de la cuenta en la Encarnación, cada vez, en fin, que penséis que estaríais mejor con menos gente, no olvidéis que esa bendita Bulla es el mejor manto de fortaleza, el que nos ampara, nos cobija, nos justifica y nos protege. Salimos a la calle para dar un testimonio de Fe y el testimonio necesita testigos. A las Hermandades no solo las mantienen las Juntas de Gobierno, los cofrades ejemplares, los curas, el Consejo o el Pregonero, sino esos miles de sevillanos anónimos, que se echarán a la calle buscando algo más que la estética o la cultura, algo que quizás ellos mismos no sepan explicar como tampoco lo sabían los cinco mil que lo siguieron hasta Betsaida y a los que tuvo que dar de comer (Lucas 9, 10-17). Ellos también buscan un alimento, el de su propia salvación. Por eso, nuestra responsabilidad radica, precisamente, en que este sueño maravilloso que estamos a punto de vivir un año más, no se quede en una simple manifestación externa, sino que seamos capaces de conectar a toda una ciudad con el Misterio de la Fe.

Corren tiempos difíciles para los creyentes. Hemos alcanzado la prosperidad, el llamado Mundo Occidental camina con paso firme hacia un bienestar que parece no tener límites, La Sociedad cree que así alcanzará la Felicidad y se ha permitido el lujo de olvidarse de Dios. Ya no lo necesita, lo desprecia, pero a quien está despreciando realmente es a sí misma mientras toma rumbo a ninguna parte. Qué majestuosidad la tuya Señor, cuando guardas silencio ante ese reyezuelo de pacotilla que se ríe de ti sin saber, pobre ingenuo, que se está riendo de su propia fealdad. Qué joyas de opereta, cómo se regodea en su propio vacío, rodeado de su camarilla de esbirros. Qué mamarracho de rey, aferrado al lujo pasajero y convertido en marioneta de sus propias limitaciones. Cayetano González no pudo haberlo hecho mejor, Señor, ni rodearte de forma más certera: Avanzas majestuoso en Tu poderoso canasto, inspirado en la peana más inspirada y más mía, avanzas con el señorío del que se sabe la única Verdad, el único camino a la Vida Eterna, mientras que ese monarca de la nada que se atrevió a despreciarte pensando que no te necesitaba, se jacta en su propia ignorancia.

Pero no siempre resulta fácil permanecer firmes en nuestros principios, como lo hiciste Tú, Señor. No siempre aguantamos impasibles ante el poder, aun cuando ello nos suponga que nos despojen de todo, como hacen contigo en Molviedro o recibir algún que otro manotazo, como el que te propina ese miserable sayón cuando regresas a San Lorenzo o como los que recibe Tu Vicario en La Tierra por hablar de Paz, de Perdón, de Amor, por viajar a predicar tu palabra allí donde no se atreven los que sólo saben hablar agazapados. Sin embargo salimos a la calle para anunciar el Evangelio, porque por encima de todo somos Iglesia, la que él dirige y así nos tienen que aceptar, como fenómenos religiosos, más allá de un valor cultural que nadie niega, pero que nunca puede ni debe ser fundamento de nada, ni menos aun justificación de una realidad que se mantiene viva desde hace siglos.

VENCEDOR DE LA MUERTE

Esa dimensión es, precisamente, la que nos hace fuertes y la que nos permite encontrar respuesta a todo, incluso a aquello que ni el Progreso, ni los mayores adelantos de la Ciencia, encontrarán nunca solución ni menos aun explicación, aquello que sólo Tú eres capaz de vencer, La Muerte.

La vences a primera hora de la tarde junto a las murallas del viejo arrabal de San Julián o cuando cae la noche y te recortas entre los tejados de Santa Cruz, implorando por todos nosotros ante un final aceptado que ya está marcado en Tu perfil, la mirada al cielo buscando un último aliento que no llega. La vences cuando en Tu serena belleza yaces en la hora del sepelio, mientras se forma una comitiva de dolor y ausencia junto a Tu Madre de Villaviciosa, evocando composiciones decimonónicas, o regresando a San Martín, mientras el militar clava una Lanzada de muerte sobre Tu propia Muerte.

La vences cada Martes Santo, con el testimonio de cientos de estudiantes de la Vida. Un hombre ha muerto en la sencillez más absoluta, no hay oros, ni tallas repujadas, ni bordados a su alrededor, tan sólo cuatro hachones, enmarcando su figura tan muerta en medio de la luz. Pero vedlo bien, no tiene el rictus de la parca, no ha podido con Su belleza ni con Su serenidad. En el rostro se adivina que ha muerto sabiéndose por una causa justa. Se diría dormido, mientras pasa bajo el Postigo en la hora de la media tarde; la piel tersa, los rasgos suaves, es la belleza de la Muerte. Cruza la Plaza Nueva en medio del bullicio, público de tarde, la plena luz del día sobre la fachada del Ayuntamiento, todo invita a la alegría y la vida mientras Dios cruza serenamente muerto, ajeno a su propio entorno, silente en medio del gentío, hermosamente muerto, ¡qué pronto te llevaste a Juan, Señor de la Buena Muerte!

Y la vences en el Patrocinio

No te mueras Cachorro, que quiero soñar contigo las tardes que caen por el poniente del Aljarafe.

No te mueras Cachorro, que Tú eres el mástil al que se abraza nuestra Fe, en este Mundo sin creencias.

No te mueras Cachorro, que Tú eres el faro que nos sirve de guía, en este Mundo perdido y sin rumbo.

Sigue respirando Cachorro, que tu aliento es la brisa que llega de Bonanza con la marea, para refrescar nuestra desesperanza.

No te mueras Cachorro, que tu Sudario se mueve con los suspiros de los que te imploran.

No te mueras Cachorro, porque si Tú te mueres, todos moriremos contigo.No te mueras Cachorro, que Tú eres el principio y el fin, el todo y la nada, la pregunta y la respuesta, la razón y el misterio.

No te mueras nunca Cachorro, porque te necesita el Mundo, te reza Sevilla y te quiere Triana.

LA PAZ

Dicen que los años de universidad, para los que hemos tenido la suerte de acceder a ella, son los mejores de la vida. Desde luego no son los años en los que nos suceden las cosas más importantes, pero sí es cierto que se viven de una manera especial. Quizás la falta de preocupaciones, de responsabilidades o sentirse con toda la vida por delante, hacen que guardemos de aquellos años un recuerdo imborrable. ¡Yo he sido Legionario del Porvenir! Esta frase, que os pueda parecer extraña y casi estrambótica a muchos de vosotros, es la forma cariñosa que tenía un capataz de llamar a sus costaleros, de aquella cuadrilla de la que formé parte mis años universitarios y no olvidaré nunca. La habíamos empezado a formar al socaire de las primeras cuadrillas de hermanos. Éramos los costaleros del Señor de la Victoria y de Su Madre, La Virgen Blanca. El primer año no pudimos salir, toda nuestra ilusión, todos los lunes de un año entero ensayando, se quedaron encerrados en una chicotá interminable, entre las paredes de la parroquia de San Sebastián, mientras el Cielo se ensañaba groseramente con aquel Domingo de Ramos. Pero sí lo hicimos los años siguientes. Teníamos el privilegio de ser los primeros en levantar un paso en Sevilla y con nuestro Señor de la Victoria y Sus nazarenos blancos entrábamos en el parque para provocar una hermosa nevada de primavera. Llegábamos al Centro por el Arenal, a través del postigo que vigila, desde su Garita de Gloria, la más Pura de las Centinelas. Tras cruzar y dejar atrás la Carrera Oficial, salíamos de la Catedral y a la hora en que la mayoría de Hermandades iniciaban su estación, nosotros ya íbamos de vuelta. La caída de la noche solía coincidir con el regreso por el parque, pero era muy distinto a la ida, ya no había globos, ni garrapiñadas, ni carritos de niño. La luz y el colorido de la mañana habían dado paso a una uniformidad oscura en la que se confundían, desde el verde de la arboleda hasta el blanco de las túnicas, uniformidad tan sólo rota por la candelería del paso y el azul crepuscular de la rendición del día, donde aun se recortaban las torres de la Plaza de España. Al llegar al final, mientras la cofradía se recreaba, antes de entrar definitivamente en su barrio, siempre me venía a la memoria el pasaje del Evangelio del Monte Tabor: Señor de La Victoria, que a gusto estamos aquí, haremos una cabaña para Ti y otra para nosotros y nos quedaremos para siempre en las calles de una ciudad que hicieron para que cada año vuelva a nacer contigo otro Domingo de Ramos.

Aquel capataz que nos mandaba era un hombre de talla pequeña, mirada penetrante y un corazón que se le salía del pecho. Se llamaba Manuel Santiago y hace algunos años ya que forma parte de la Cuadrilla de Capataces en la Gloria. Manolo formó varias cuadrillas de hermanos en Sevilla, abría la Semana Santa con La Paz y cerraba la Pascua con el Señor Resucitado, pero tenía las ideas muy claras, no en vano, era un capataz de la vieja escuela y había tenido un gran maestro, porque hubo un tiempo en que los hermanos elegían a su Junta de Gobierno, la Junta al capataz y el capataz a sus costaleros y cada cuál sabía perfectamente dónde empezaba y dónde terminaba su tarea; y aquello no era autoritarismo sino orden y sentido común. Pero ese equilibrio se invirtió en algunos casos y de aquellos polvos vinieron algunos lodos molestos. Qué hermoso gesto de amor y cariño el de quienes se visten con una túnica sólo por devoción, sin preguntar el nombre de su diputado de tramo. Qué hermoso gesto de cariño, que sé que es el de la mayoría, el de aquellos que hacen un esfuerzo bajo el anonimato de un faldón sólo por devoción, sin más exigencia que la de su propio sacrificio, sin más recompensa que la de continuar una tradición y sin más protagonismo que el de unas Sagradas Imágenes.

TRADICIÓN Y RENOVACIÓN

A menudo las Hermandades son tachadas de inmovilistas, como también se acusa a toda la Iglesia, por no seguir las pautas de quienes desde la aparente tolerancia, pretenden imponer la uniformidad de unas ideas que niegan la preexistencia de cualquier valor. Sin embargo, un mero acercamiento al mundo de las cofradías, ni siquiera con un estudio profundo, sólo conduce a la inequívoca conclusión de que somos un fenómeno absolutamente cambiante en todo aquello que no afecta a los fundamentos de nuestra Fe y a la Tradición formada sobre ésta, y en ello radica, precisamente, que después de tantos siglos, sigamos siendo actuales.
Esa adaptación a los tiempos es la que nos obliga siempre a estar atentos a las nuevas situaciones. Hay que abordarlas sin precipitación, pero sin inmovilismo. No podemos cerrarnos a las nuevas exigencias. Esta ciudad cambia y sus cambios exigen reacciones por nuestra parte.

Hay grandes zonas de Sevilla donde se hace necesaria nuestra presencia. Allí donde nuestra diócesis hace el esfuerzo de construir nuevos templos y parroquias, allí donde más dificultades encuentran los que quieren vivir su Fe comprometida, por qué negarles la posibilidad de expresarla como siempre hemos hecho, a través de la Religiosidad Popular, siempre que ello responda a una verdadera necesidad de culto y a una devoción auténtica. No podemos revelarnos contra las leyes de la física, las distancias son las que son, la semana tiene siete días, cronológica y litúrgicamente, y cada día tiene 24 horas, la multiplicación de los panes y los peces la hizo El Señor, nosotros no somos capaces, pero por Dios, no le demos la espalda a esa nueva Sevilla que crece en una sociedad ajena a lo trascendente.

Es cierto, nos lo preguntamos a menudo, hasta dónde vamos a llegar, habrá que poner algún coto, pero ¿Podemos vallar el campo de la devoción y de la oración? ¿Qué pensarían los sevillanos del Siglo XVIII, de unos niños que formaron una cruz de mayo en un barrio de extramuros y después quisieron convertirla en cofradía para refugiarse con Ella del Mundo? ¿Qué pensaron, hace ya más de un siglo, los que vieron a una hermosa Paloma dolorida y olvidada, que hoy celebra Su Santo, levantar el vuelo en Triana y marcharse donde no había nada para encarnarse en barrio nuevo y llorar con él por tantos concebidos, a los que ni siquiera le dan la oportunidad de nacer? ¿A qué pueblo te presentan Señor? ¿La Calzada es real, o sólo pertenece a nuestra ciudad soñada? Nervión no es histórico, pero estuvo sediento de oración y fue saciado. Y cuando suenan tambores en Viapol, ¿estamos reproduciendo una estampa barroca de la Contrarreforma o recibiendo a un barrio del Siglo XX, que ya no está ni desamparado ni abandonado?

Y qué pensaron de Ti, Señor, hace cincuenta años, cuando cruzaste por primera vez el Tiro de Línea, no el de ahora, ese maravilloso barrio, perfectamente comunicado y en pleno centro del nuevo entramado urbano de Sevilla, sino aquél más humilde que recordáis en blanco y negro, aislado por las vías del tren y con un único cordón umbilical que le unía al Mundo y se llamaba Avenida de los Teatinos. Qué plan urbanístico me la robó que ya no la encuentro cuando vuelvo al barrio, ni siquiera reconozco su antiguo trazado. ¿Tan alto precio hay que pagar por el progreso? Si esa calle la hicieron para que Tú la cruzaras cada Lunes Santo, cautivaras a la ciudad y le recordaras que aunque tus discípulos te abandonaron, Tu barrio no lo hará nunca.
Has cumplido cincuenta años y te has convertido en Semana Santa de Sevilla en estado puro. Pero Tú has existido siempre Cautivo, lo has hecho en la esencia de una ciudad que te ha querido siempre, anudado con un mismo cíngulo a la mayor devoción de Sevilla y su más hermosa prolongación del Siglo XX.

Seiscientos años de Religiosidad Popular, muchas veces ninguneada, cuando no abiertamente atacada. Nos quedamos en las formas externas, caemos en el fetichismo, no sabemos anunciar el Evangelio, la imagen que damos con frecuencia es superficial. ¿Y quién tira la primera piedra? Es cierto, no somos más que un grupo de creyentes, con toda nuestra carga de humanidad y lo que eso representa. Pero aquí llevamos más de seis siglos al servicio de nuestra Iglesia. Esta es la Asamblea de Laicos de los cofrades de Sevilla, que ni son perfectos ni son los mejores, pero siempre están al servicio de su Pastor, de los que estuvieron antes y del que hoy cumple veinticinco años a nuestro lado.

Seis siglos, ya, formando parte de la historia de Sevilla … y cuántos llevas Tú Nazareno revelándote contra La propia Historia. Cuántas madrugadas desafiando al tiempo con la Mirada a ninguna parte. Cuántos años, Nazareno, enfrentándote a la Noche para que la Noche muera contigo. Cuatro Siglos enseñándonos el camino, Nazareno. Cuatro siglos abrazando nuestros pecados y nosotros sin escucharte. Sigue navegando, Galeón que vas marcando el rumbo de la Devoción de una ciudad, Te seguiremos como lo hicieron nuestros mayores, llévanos a la Luz de un nuevo día, no permitas que esta ciudad naufrague en la desesperanza y en la falta de valores, guíanos siempre a un nuevo amanecer, Primitivo Nazareno de Sevilla.

LA CIUDAD Y LAS COFRADÍAS

Nuestra ciudad trasoñada, no en el sentido exclusivo de la expresión, sino la que queremos compartir con todo el que se acerque sin dobleces, está hecha para sus Hermandades y éstas no podrían existir sin ella. No es la ciudad oficial, ni la histórica, ni la de los callejeros, ni siquiera la de las recomendaciones turísticas, sino esa otra que sólo existe una efímera semana y se mantiene viva gracias a nuestros recuerdos, más allá de la realidad pero mucho más cerca de los sentimientos.

No es cofradía de multitudes y menos aun cuando, hace ya algunos años, acababa de trasladarse a la calle Feria. Con sus discretas filas de nazarenos y muy poco público de testigo, avanzaba, silenciosamente elegante, la hermosa canastilla del maestro Guzmán Bejarano. En la Europa, una anciana cantó una saeta sentada en una silla de enea, a la puerta de una vieja casa que albergaba un asilo. Estábamos casi en familia y al terminar, aquella mujer le prometió al Cristo que si el año siguiente seguía allí le cantaría de nuevo. No puedo deciros si cumplió su palabra porque fui yo quien faltó a la cita. Hasta que al cabo de los años, el destino, la casualidad o quién sabe Dios, me llevaron de nuevo al mismo sitio y a la misma hora. El público ya no era tan escaso, La Hermandad se había afianzado poco a poco en su nueva sede y tenía un acompañamiento más numeroso, pero la vieja casa y el asilo ya no existían. Tampoco estaba la anciana, supongo que moriría en alguna cama de hospital medio sola, triste destino de tantos, cuando desaparecen los lazos familiares. Por eso yo prefiero consolarme con la ilusión de que aquella mujer no murió abandonada en una cama extraña, un día cualquiera y que un Martes Santo, al pasar por su lado el Cristo que va recogiendo las almas de los abandonados y de los que ya no le sirven a esta sociedad, también se llevó la suya y a su lado permanece para siempre cantándole saetas de gloria.

Esta es la Sevilla mágica del gozo, que se transforma siendo la misma y apenas es reconocible en el llamado mundo real. Pasaréis muchas veces por Dña. María Coronel durante el año, pero ninguna de ellas os recordará la calle donde se mezclan el azul del raso y el terciopelo, la plata del hilo y el metal, los naranjos, la noche y un rostro de Mocita Hermosa de San Julián, y será totalmente distinta de la que unas horas antes, cuando la tarde despuntaba, cruzó la Señora de Los Terceros con Su belleza fina y elegante; todo es medido, los bordados de Juan Manuel, los elegantísimos respiraderos, el relicario central, los faroles de cola, los corbatines y el Rostro sencillo y purísimo de la Virgen del Subterráneo, que bajando por Gerona, nos transporta a una Semana Santa que perdura en las viejas fotos en sepia del pasado.

Sevilla de nuestra Memoria que nos deja acompañar al riquísimo y elegantísimo canasto sobre el que cae tres veces el Condenado Inocente, mientras regresa la noche más triste por una calle Francos de silencios y ternos negros, diferente de la que unos días antes vio pasar al Señor que llora lágrimas de barro, en medio de tanta tamborería.

Sevilla que nos transporta a una calle convertida en Cuna de Amor para el Hijo de Dios. Viene avanzando con su pasito quedo con el mayor de los recogimientos. Desde la distancia llama la atención la elegancia del conjunto, obra de Mesa sobre canasto de Gijón. El perfil aguileño de quien ha dado su propia sangre se recorta en la noche, alumbrado por los seis poderosos candelabros, la tez cetrina, los rasgos de la Muerte en el Rostro, cruza la calle Orfila y provoca el primer gran silencio de la Semana. Por Amor te entregaste, todo Tú eres Amor, Cristo del Amor, danos la fuerza para amarte.

Y sólo un día después, otra calle Cuna, mucho más oculta y más íntima, sirve para que un hombre humilde sea trasladado con discreción al sepulcro. En Su cortejo no forman autoridades ni representaciones porque murió como un delincuente, por enfrentarse a los que se creen más justos que nadie. Ni siquiera están todos los suyos, lo abandonaron cuando cayó en desgracia.

Un pequeño grupo acompaña a Su Madre en esta hora, formando una escasa comitiva que cruza la tarde del Lunes fugazmente, dejando un reguero de rosas de sangre por el que más tarde tomaremos su Verdadera Cruz y le seguiremos. Lo haremos con humildad, en un suspiro, sin alterar el silencio de la noche, tras la figura profunda que nos transporta a un pasado remoto y se hace presente y real todo el año en la calle Jesús; y a continuación sus paredes sostendrán al Señor de las Penas, levantándolo una y otra vez para que siga caminando, mientras se gira suplicante ante el tormento, buscando en la Gloria la compañía de un hombre que le entregó toda su vida en forma de anales.

Sevilla de olvidos que escucha con indiferencia las Siete Palabras de un Moribundo sobre un canasto de ensueño, arropado por los naranjos de San Vicente.

Sevilla de ausencias cuando la Virgen Niña de Monserrat regresa asustada por una calle Castelar que se quedó Sola con San Buenaventura.

Sevilla esquiva, que nos muestra su belleza más íntima, ajena a los tópicos de lo cotidiano, cuando en la última hora acompañamos a La Madre con Su Hijo por la Plaza de Santa Isabel, uno más de los rincones de esta ciudad que parece esconderse, como una niña vergonzosa, de las miradas de los que no ven más allá de lo superficial.

Sevilla orgullosa, Sevilla oculta, ajena al Mundo que la rodea. Sevilla que perdura y lo hará siempre y a pesar de todo, porque no existe en el Espacio ni en el Tiempo, sino en todos y cada uno de nosotros, en nuestros recuerdos, en nuestras vivencias, en nuestros corazones. Sevilla que muere y vuelve a nacer cada año, como un sueño de una Noche de Primavera. Sevilla Eterna, Sevilla, siempre Sevilla, ciudad que cautivas, ciudad cautivada, ciudad que maltratas, ciudad maltratada, así te querremos siempre, Sevilla soñada.

TRES PALIOS DE CAJÓN

El Jueves Santo languidece poco a poco, mientras llega la hora de una nueva Madrugada. Son momentos de confusión entre lo que termina y lo que está por llegar. La Carrera Oficial ha entrado en una tensa calma de vigilia. En ese último suspiro del día, por Castelar avanza un balanceo de muerte entre retales de bronce, madera y sudarios que ventean; en Alemanes, El Hijo del Hombre más perfecto se dobla bajo el tormento sobre un altar de oro y plata; cuatro faroles de caoba se funden con la Muerte en Pilatos; la Cruz de la Salvación es alzada entre caballerías en San Pedro … y tres Palios de Cajón ...

Uno regresa por Tetuán, antiguo, breve, para no ocultar la belleza de la Virgen de los ojos verdes que viene rota de dolor y sin consuelo. La cera se ha gastado de tanto alumbrar y Sus lágrimas se han secado de tanto llorar. Se siente Sola, siguiendo a su Hijo que tiende una mano por la calle de la Amargura: ¡Mujeres de Jerusalén!, no lloréis por mí, hacedlo por mi madre y acompañadla en este Valle de Lágrimas (Lc. 23, 28).

Otro palio aguarda la espera, la cera está intacta y el llanto de la Virgen Presentada también. Apenas se le advierte un gesto de temor ante lo inminente. No ha llegado todavía la hora de la noche más profunda. ¡Mujeres de Jerusalén!, no lloréis por mí, hacedlo por mi madre y acompañadla en este Calvario de Muerte (Lc. 23, 28).

Y el tercer palio, el mío, también aguarda la espera. Mi Virgen es pequeña, delicada, de rostro suave. El Discípulo le habla pero Ella no le escucha, está demasiado pendiente del momento que tendrá que salir detrás de Su Hijo. Pasará toda la noche siguiendo los pasos del fruto de su Vientre, desapercibida una Madrugada más, como lo está todo el año, cumpliendo con Su Evangélico papel secundario. Pero siempre estará, en la Madrugada, acogiendo con Su Manto las almas de los que Lo vieron pasar caminando y no pudieron seguirle; durante el año en su Camarín, al que siempre podremos acudir, desviando la mirada, cuando no nos atrevamos a mirarlo de frente, porque le hayamos ofendido otra vez. Es mi Virgen del Mayor Dolor, la más discreta, la que siempre ha estado con los Suyos desde el lejano día que se fundó la Hermandad del Traspaso en torno a Ella, la que siempre nos acompañó en la Estación de Penitencia.

¡Mujeres de Jerusalén!, no lloréis por mí, hacedlo por mi Madre y no la dejéis sola (Lc. 23, 28).
Un día pasa, una Madrugada llega y tres palios de cajón. Mujeres de Sevilla, no las dejéis solas.

TRIANA 

Sabemos y creemos por el Dogma de La Asunción, que María subió al Cielo en Cuerpo y Alma. Pero lo que quizás no todos sepáis es que no se quedó allí. Que nadie se asuste, yo sé bien lo que pasó y os lo voy a contar.

Llegando a las alturas, a la Virgen la empujó un viento de Levante que la hizo cruzar el Mar Interior de los Romanos y la llevó al Sur de la Península más occidental del Imperio. Y allí, donde Trajano, antes de ser Emperador desde su Itálica natal, se había reservado una parcela poniéndole su nombre, se quedó María.

No era más que una vega llena de naranjos y de gente humilde y variopinta, donde las noches de verano se organizaban "velás" al olor de los jazmines y las damas de noche, sin más techo que un cielo azul que recortaba los tejados de la ciudad, que desde la otra orilla le daba cobijo.

Pero La Virgen se sintió cómoda en aquel rincón de buena gente, le pidió permiso al Padre para quedarse con ellos y viendo que no tenían nada entre el cielo y la tierra, una noche sin luna escogió la Estrella más brillante y más hermosa y en ella reflejó Su llanto, el mismo llanto de las mujeres que veían partir a sus hijos por el río para no regresar.

Llanto Puro de Mujer Pura que llora, Tu Rostro nació cuando quisieron pintar el dolor de madre a un lucero atrapado en un azulejo de la calle Alfarería, No sé si eres La Belleza que llora o El Llanto hecho belleza, pero sí sé que fuiste el primer regalo de este pregonero y desde aquel momento, Estrella, su mejor guía.

Pero La Vida no resultaba cómoda para aquella gente que a duras penas resistía calamidades, invasiones, epidemias y la ausencia de los que se marchaban al Nuevo Mundo y no volvían nunca. Por eso la Virgen quiso darles algo más para que no desesperaran, arribó una goleta que había subido de la barra de Sanlúcar y se hizo Casa Redonda de Expectación, donde tuvieron cabida todos los marginados de aquella tierra. Y con ellos cruzó por primera vez a la otra orilla y regresó junto a Su ribera, donde dicen que se asoma cada noche a contemplar Su belleza reflejada en el río y de donde Le gusta salir poco, muy poco, tan poco que querrá que Sus hijos La coronen de Amor en Su Castillo de Proa con forma de Altozano.

El Barrio prosperó a la sombra del Monopolio de las Indias y mientras la ciudad se convertía en la gran urbe del Barroco, en la orilla derecha nacían fábricas de loza y en una de ellas, levantada en un extremo, La Virgen también se hizo Alfarera, renacida de las llamas del amor de Sus hijos.

Crecieron, se formaron barriadas modernas y también quiso hacerse presente entre los recién llegados. Una primavera se miró en la flor de un naranjo de las calles más nuevas y Su Reflejo se convirtió en blanco perfume de Salud para todos ellos.

Y siguieron creciendo a lo largo de la orilla del río. ¿O no? ¿Qué es Los Remedios? ¿Pertenece a nuestra ciudad soñada o es un conjunto de calles impersonales? ¿Qué semejanza tienen la tradicional Fábrica de Tabacos y la actual, sin concesiones a la belleza y con los días contados? ¿Tienes que marcharte otra vez o después de tanto tiempo has conseguido ya morada definitiva? Qué pecado cometiste si no es el de ser la Cigarrera más guapa de la Historia. Si llevas la discreción hasta en el llanto. Con Tu gesto de dolor medido, no quieres distraer nuestra atención de Tu Hijo. Sin embargo, yo os digo que esa Mujer que ha salido de una fábrica a primera hora de la tarde, cruzando calles anodinas, es la Belleza más exquisita, la Victoria absoluta del Amor de una Madre y el Jueves Santo bajo palio.

Y La Virgen, al fin, quiso hacerse barrio entero, modeló una cara de cerámica, la policromó con la brisa de bronce de la gente del Mar, le puso dos ojos de azabache y renació La Esperanza para todos ellos. La mimaron, la quisieron y la cuidaron porque era su joya más valiosa y hasta Pura fue la calle donde la guardaron. Construyeron una hermosa parroquia para Ella y allí se refugiaron durante siglos, acrecentando Su Amor, hasta que se atrevieron a llevarla a la ciudad, le hicieron un hermoso Barco de Plata y una noche al año navegaba con rumbo a Sevilla, entre una multitud que no la dejaba en ningún momento, para asegurarse que volvería de nuevo a Su casa.

Y cada año, ya de amanecida, regresaban con su Virgen después de pasearla y enseñarla por todos los rincones, dedicaban la última oración a los que más la necesitaban por carecer de libertad y antes de cruzar de nuevo el puente, el mismo Sol se unía en un suspiro de despedida mientras se alejaban de Sevilla.

Gracias por ser una Hermandad que sólo se mira en el espejo del Amor a Su Madre, gracias por quererla como lo hacéis, por ser fieles a vosotros mismos y por lo que habéis hecho tantos años, porque al final, gracias a vuestro cariño, pasó lo que tenía que pasar, que la Virgen hizo lo que cualquiera de vosotros hubiera hecho en Su lugar, decidió quedarse para siempre en aquella bendita tierra, miró al Cielo, levantó la voz y dijo: ¡Madre, vente conmigo! Y por los siglos de los siglos se quedaron La Esperanza y Su Madre reinando en aquella parcela que un lejano día había escogido Trajano entre todos los confines de su Imperio.

Te querrán los cielos y la tierra, y todas las criaturas te querrán.
Te querrán generaciones venideras y en los confines del Mundo te alabarán
Te querrán de por vida y sin reservas y tu nombre bendecirán.
Pero como te quieren en Triana, desengáñate Virgen María, así no te querrán.

SAN BERNARDO

Los tres días laborables de nuestra Semana, con su carga de normalidad, tienen algo especial que los diferencia de los festivos. Lo cotidiano nos devuelve por unas horas a la más cruda realidad, únicamente alterada por las visitas a los templos, que cada mañana guardan la ilusión de la espera. Pero poco a poco van pasando las horas y el ajetreo va cediendo.

Las calles han alcanzado ya la fugaz calma de la primera hora de la tarde, los numerosos bares de la zona desprenden el inconfundible olor a café recién hecho, pasa un grupo de turistas desorientados, buscando su hotel. Dejamos atrás la Alfalfa y subimos por Cabeza del Rey D. Pedro y Muñoz y Pabón. Están parados delante de San Nicolás. En la puerta, cumpliendo el rito de la cortesía, ha salido a saludarlos, con Ramón Ibarra siempre al frente, un estandarte azul sobre el que aun no se han apagado los reflejos de la Candela de Amor y belleza que iluminó los jardines la noche anterior. Discretamente delante, el Fiscal sostiene el horario en la mano enguantada de negro, a continuación la Cruz de Guía, celosamente escoltada por faroles y bocinas que portan nazarenos sacados de un grabado de Hohenleiter. Me lo sé de memoria.

Avanzamos saliendo al encuentro de los tramos, tienen el privilegio de salir de un barrio histórico de extramuros, cruzar un puente que indultaron para ellos y entrar en Sevilla por la antigua Judería; barrio, puente y centro. Tienen el privilegio de tener el recorrido más bonito de toda la Semana. La cera roja nos recuerda su carácter sacramental y los niños de la calle San José recuerdan la bienaventuranza de los sedientos. En Santa María la Blanca la calle es más ancha y ya no es posible refugiarse del Sol, dueño absoluto, como casi siempre, de la tarde del Miércoles Santo. Pero el calor y el cansancio que se va notando ya de los primeros días, pasan a un segundo término cuando desde lo más alto del puente vemos acercarse el paso hacia nosotros. El canasto es rotundo en la sencillez de sus líneas, el clavel y el lirio se confunden en total armonía y los candelabros se elevan majestuosos al cielo, acotando el espacio en el que Cristo, dormido en la tarde, es acunado por seis guardabrisas que, casi imperceptiblemente, van marcando el redoble del tambor. Cruza la Ronda y entra en Sevilla entre cornetas y gentío, sin que nada ni nadie sea capaz de perturbar el sueño del Redentor, que avanza suavemente cumpliendo Su Sacrificio de Amor.

Desde que te buscara un lejano día pidiéndote un poco de Tu Nombre para mi casa, me has dejado atado a Ti por un lazo mucho más fuerte que la simple oración de un momento de zozobra. Cristo de la Salud de San Bernardo, que cruzas cada año la tarde de mi vida, a tus plantas me tendrás para siempre como uno más de esos cientos de hombres y mujeres, que todos los Miércoles Santo hacen renacer un barrio que sólo existe ya en sus recuerdos, para que Tú sigas sanando corazones heridos de nostalgia.

LA ESPERANZA

Uno de los momentos del día más hermosos y que menos disfrutamos es el Amanecer. Pero hay uno que sí gozamos, el que pertenece a nuestra Vida Soñada, la que sólo existe en nuestra Memoria. Físicamente es igual a los demás, pero vosotros y yo sabemos que no tiene nada que ver con ellos.

Un buen rato antes de que nos estemos acercando a la Iglesia, el Cielo ha empezado a romper la noche. El relente suele aparecer cuando cruzamos el barrio de San Vicente y la hora profunda en que habíamos dejado Sierpes cada vez está más lejos. Por Capuchinas, la estrecha franja acotada por los tejados se ha vuelto ya de un azul intenso y, poco a poco, conforme llegamos a la Plaza, el canto de los pájaros es el mejor y más alegre anuncio de la mañana. La Cofradía se recoge entre dos luces y una vez cerradas las puertas de la Basílica, mientras en la calle triunfa ya la luz de un nuevo Viernes Santo, dentro volvemos por unos minutos a los grises del amanecer, animados por la tenue claridad que entra por la linterna de la cúpula, recortando los caprichosos zigzagueos del último humo de los cirios, que cumplida su misión de alumbrar a la Luz del Mundo, son devueltos impunemente a los carros, con un fondo de golpes secos. Es el momento de las caras desencajadas por el cansancio, de los abrazos de felicitación. Pero yo no estoy completamente tranquilo, ningún año lo estoy, porque es la hora en que empiezo a recordar que Ella también ha estado en la calle, también le ha sorprendido el amanecer y ahora mismo, en plena mañana, sigue marchando como Reina Triunfante. Incluso mucho antes de que todo esto suceda, cinco de mis hermanos habían ido a postrarse a sus plantas para cumplir con una concordia centenaria, al tiempo que unas legiones, tan maravillosamente falsas como la ciudad imperial que custodian las murallas de donde salieron, venían a rendir tributo al Cisquero, mandadas desde la Eternidad por un capitán al que le pusieron de nombre "El Pelao" en los campos de batalla de Parras y Escoberos. Ya a plena luz del día, recorro las mismas calles que unas horas antes he pasado cumpliendo el Rito y la Regla, pero no soy capaz de reconocerlas.

Me cruzo con gente que viene y va; de pronto, por alguna esquina, aparece fugazmente un nazareno de ruan, que a paso cansino huye de una mañana que le ha sorprendido y a la que no pertenece. Definitivamente, ya no queda nada que recuerde a la Madrugada, ni yo mismo, que La busco en esta mañana que tampoco es mía. Hay más gente por la Encarnación, vienen de regreso, es mi imaginación o en sus caras se refleja la satisfacción de haber estado con Ella. A duras penas me voy abriendo paso y por fin consigo verla embocada en la calle Alcázares. Está de espaldas, pero no me importa, es cierto lo que un sabio amigo dijo una vez, su paso no tiene espalda porque no es un paso sino un aura. Me podría bastar, ya he sentido su presencia y estoy muy cansado, pero esta mañana no es suficiente, no solo quiero verla sino que Ella me vea.

Cruzando Regina consigo llegar a San Juan de La Palma. Por la calle Feria la cofradía discurre parsimoniosa, sabiéndose ya dueña absoluta del tiempo y el lugar y escoltada por su público, sacado cada año de un cuadro de García Ramos para que La acompañe esta mañana. La espera es larga y la ilusión mayor. Matrimonios ancianos, padres con niños, parejas de jóvenes, familias enteras, balcones engalanados con Su foto, los bares desprendiendo el olor a café, chocolate y aguardiente, mientras los nazarenos avanzan desatentos, con los cirios convertidos en callados de las horas. Poco a poco el gentío va creciendo y un tumulto de capirotes y devotos anuncian que ya está cerca, hasta que una frase mágica nos hace a todos fijar la vista en el fondo de la calle "ya se ve la Virgen". Me voy acercando sin sentir las apreturas, descubriendo cada detalle de un paso que llevo grabado, como si no lo hubiera visto nunca. Las flores están ya marchitas; la candelería, apagada, se ha ennegrecido; los ramos que le han ido regalando rebosan la peana; hasta que por fin tengo la certeza de que La Esperanza me está viendo. A pesar de las ojeras y del cansancio de toda la noche, no ha perdido la Sonrisa, está mas Guapa que nunca y más Orgullosa que nunca de saberse la Madre de Dios, y en ese preciso momento, cuando cruzamos la mirada y nos quedamos los dos completamente solos, me acuerdo de mis niñas, las que Ella me está cuidando, intento rezar todos los años pero sólo me sale el llanto…

Juan Delgado Alba dijo que cuanto de bello y puro hubiera en el cielo y la tierra, sería poco para Ella.

Ricardo Mena aseguró que era el Sol y las estrellas.

Miguel Muruve proclamó que era la más segura, dichosa, rotunda y perenne Esperanza Nuestra.

Carlos Colón nos recordó que por mucho que la viéramos, nunca la podríamos dejar sin pena.

Joaquín Caro se preguntó si estaba más guapa con el manto granate, el de malla o de hebrea.

Carlos Herrera cuando la miraba, sentía a Dios cabalgar por sus venas.

Curro Ruíz Torrent pensó que soñar era encontrarse cara a cara con Ella.

Paco Vázquez juró que Dios puso la Creación en su Cara perfecta.

Rafael de Gabriel anunció que no hay flor más pura que la que vive en San Gil y siempre está en primavera.

Antonio Murciano sentenció que todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza.

Ignacio Jiménez se hizo cura para cumplir su promesa.

Y todo lo demás ya se lo había dicho antes Rodríguez Buzón, el poeta.

Pues cómo queréis que salga airoso de este trance quien ahora pregona Su Pureza.

Yo solo sé decirle, con la admiración de hombre, el orgullo de Sevillano, el amor de hijo y con el alma entera:

Dios te Salve, Santa María de la Esperanza Macarena, Reina del Mundo, Madre de Dios y Madre Nuestra.

FINAL

La mañana de Pregón se nos escapa ya de las manos. Esta misma tarde, muchos de vosotros cumpliréis con la cita obligada y no escrita de los Besamanos de Vísperas: Los Terceros, la Universidad, Santiago, el Museo, San Gregorio …

A partir de mañana os quedaréis solos frente al tiempo de la última espera y repasareis un año que cada vez pasa más de prisa. Pero antes de que todo eso llegue, antes incluso de que los himnos pongan el punto final a esta mañana, quiero pediros que me acompañéis. Dejaremos atrás el Teatro, despidiendo a Su Hermosa Guardesa Guadalupana, cruzaremos las estrecheces del Arenal, en una de cuyas calles la Historia se dejó olvidado un trozo de la Semana Santa del Ayer que perdimos para siempre, una Mujer mira al Cielo implorando tres Necesidades, para enterrar a Su Hijo entre lirios y hojarascas y otra reza entre bordados románticos mientras pasa frente a la Santa Caridad, echándole un pulso de belleza a la obra del Venerable Don Miguel y jugando con el tiempo de lo Intemporal. Saldremos a la calle Adriano, una Capilla muy pequeña con dos flores, una es nueva, hermosa, alegre, con aires macarenos, la otra, más serena, sostiene a Su Hijo en brazos y suspira de melancolía soñando con ser de Triana. Cada año quiere marcharse con las cinco hermandades que pasan por su puerta y entran a buscarla, pero nunca lo consiguen porque el Arenal sin Su Piedad sería un barrio sin alma. Dejaremos atrás La Magdalena, y cruzando el Museo y San Vicente llegaremos al final de nuestro camino. Es un barrio trazado a cordel con manzanas geométricas y salpicado de Conventos. En uno de ellos, franciscano, reina una Palma de sonrisa marismeña, coronada con el amor de unos niños que aprenden todo el año a Su lado. En el centro del barrio la Plaza, y en la plaza la parroquia, presidida por el Santo y su Parrilla. La habitan dos Señoras, una cierra el Martes, la otra la Semana, una luce bajo palio sevillano, la otra bajo el cielo de Sevilla, una tiene Dulce la Mirada, la otra lleva la Nobleza del Tiempo grabada en Su Cara, una custodia los besos de talón que allí quedaron atrapados, la otra guarda los corazones soleanos.

La Plaza marca el ritmo de la vida del barrio, en el centro dos palmeras y a su alrededor dieciocho plataneros majestuosos. Son la guardia de respeto que la protege durante todo el año.

En verano forman un tupido manto que provoca un halo de frescura incluso a las horas centrales del día. En otoño cubren el suelo de un alfombrado cobrizo, queriéndolo resguardar de los fríos y las lluvias que se avecinan, porque saben que cuando florezca la Primavera Su Señor tendrá que pisar por allí. Junto a la parroquia, en el rincón sin salida, una puerta con un escudo. Hace un rato que dejamos el Teatro y tampoco es ya Domingo de Pregón, es Viernes, cualquier viernes del año. Si ponéis atención, los veréis entrando por esa puerta. A primera hora de la mañana, recién abierto el cancel, algunos hombres bien trajeados aguardaban impacientes. Llevan prisa, apenas se detienen un momento porque se les hace tarde. Poco después aparecen los estudiantes con sus libros debajo del brazo, agotando el último recurso que les queda para sacar el examen que les ha dejado sin dormir. Más tarde, a media mañana, serán mujeres con sus carros de la compra, sin tanta prisa, recreándose en el rito no escrito que llevan grabado en las entrañas. También vendrán parejas de jóvenes, beatas de diario, hombres de corazón duro, moviendo montañas o en plena crisis de Fe, ricos, pobres, humildes, nobles, curtidos en mil batallas o empezando a vivir, cultos, ignorantes, famosos, anónimos, del todo Sevilla y de toda Sevilla. Antes incluso de traspasar el umbral divisan al fondo una silueta enmarcada en un camarín con forma de concha. Vosotros también la podéis ver, verdad, no tenéis más que cerrar los ojos por un instante, también la tenéis grabada, una cabeza con tres potencias ligeramente inclinada a vuestra izquierda, formando ángulo con el remate de la cruz hacia arriba y una túnica abriéndose tenuemente en la caída. Sí, es la misma silueta que habéis visto tantas veces, en cientos de azulejos repartidos por toda la ciudad, enmarcada en plata en las casas señoriales del centro, en el cuadrito con flores de plástico de la entrada de los pisos del Polígono, encima de las máquinas de café de los bares del Fontanal y La Barzola, en el descansillo de las escaleras de comunidad de Pino Montano y Amate, en las oficinas de Nervión y Los Remedios, en los comercios de Rochelambert y Miraflores, en las cabeceras de los enfermos, en los pasillos de los hospitales, en las lápidas de la última morada, colgada de tantos cuellos, prendida de tantas solapas; es la Silueta de miles de hombres y mujeres que la grabaron con lágrimas de oración, de duda, de alegría, de tristeza, de abatimiento, de entrega, de agradecimiento. Qué me perdone el NO8DO, esa silueta es el símbolo de Sevilla.

Pero pasamos al interior con todos ellos y poco a poco vamos distinguiendo Su figura. La mirada baja, parece absorta en algún misterio demasiado insondable para nosotros, sin embargo, tenemos la certeza de que ha notado nuestra presencia. Camina con paso firme arrastrando la cruz, pero permanece en su sitio. Subimos al Camarín siguiendo la inercia. Algunos pasan con prontitud, casi mecánicamente, con la familiaridad que dan los años haciendo lo mismo, besan el talón, tocan la cruz y se marchan. Otros se quedan contemplando al que les da la espalda y sin embargo escucha su oración. Cuántas angustias, cuántas alegrías, cuántas penas y cuántas dudas encierra el mármol rojo de ese Camarín.

"Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme" (Lc. 23, 28), así Te debía susurrar aquella mujer, a la que involuntariamente sorprendí pasando por Tu Talón un sobre cerrado con el anagrama del SAS, así deben pensar quienes dejan las fotos que aparecen bajo Tu peana cada vez que se mueve, o las súplicas escritas en papelitos doblados. "Señor, no merezco molestarte, pero sólo tu cercanía será suficiente", debían creer las mujeres que se ganaban la vida en la Alameda y le rezaban al azulejo de la plaza porque no se atrevían a entrar en la Iglesia, pobres ignorantes de que Tu sitio está en la mesa de los pecadores. ¡Quién me ha tocado!, preguntaste cuando la mujer de las hemorragias acarició por detrás Tu Manto (Lucas 8 42-45). ¡Quién me ha tocado!, volviste a preguntar cuando otra mujer acarició por detrás el faldón de tu paso una Madrugada, pidiéndote por la salud de su Hija.

Qué ilusos fuimos, Señor, queriendo usar criterios científicos para curarte. Si Tu Rostro lo han formando cuatro siglos de sufrimiento de una ciudad que se ha hecho a ti como el hierro a la fragua. Tú llevas Sevilla en la Mirada vidriosa, en la sierpe que se te enrosca y se Te clava, en el mechón que Te resbala por la Mejilla, en la espina que traspasa Tu ceja, en la que Te hiere el lóbulo, en Tu boca jadeante, en las Manos que acarician la Cruz, en el paso al frente que llevas dando cuatro siglos en nombre de todos nosotros. No es cierto, no fue el humo, ni el incienso, ni el frío de una noche al año, a Tu Rostro lo ennegrecieron las epidemias del XVII, las invasiones del XVIII, las revoluciones del XIX, la Guerra del XX; de tanto mirarte, los sevillanos te han gastado y de tus labios no ha salido ni una palabra de queja. Qué iluso fuimos, Señor, queriendo cambiarte la Cruz por una menos pesada, porque Te hacía daño. Si tu Cruz está hecha del dolor de los hospitales, de las ausencias de la carretera, de las jeringuillas de heroína, de la violencia de los hogares, de las soledades del final de la vida, de las chabolas que siguen existiendo, de los que buscan la tierra prometida y encuentran la tumba en el mar, de las vidas que se truncan antes de nacer. Qué ilusos son los que esperan que hoy hable de la experiencia de haberte curado, si Tú y yo sabemos, Señor, que nunca te he sentido tanto como los años que fui Diputado de Tu Bolsa de Caridad, los que me permitieron hablar contigo, escuchar tus lamentos y poder ayudarte a cargar con la cruz, cada vez que lo hacía con uno de Tus hermanos y así me lo recordabas a última hora del día, cuando subía a Tu Camarín y me quedaba a solas contigo. Allí aprendí, Señor, que el Culto no necesita justificación pero no hay mejor forma de quererte que haciéndolo con nuestros semejantes. En Tus Manos El Poder y la Gloria, en las nuestras salir a tu encuentro. El que crea en Ti, que tome su Cruz y Te siga.

Señor, yo nunca sabré decirte cosas hermosas, yo sólo sé quererte y seguirte, y con eso y nada más que con eso, hoy me puse delante de toda Sevilla para pregonar Tu Semana Santa.
Cuando se recibe un encargo como el que he tratado de cumplir con todos vosotros, los recuerdos y las personas se agolpan inevitablemente en la cabeza, se repasa toda una vida y uno piensa, en primer lugar, en la madre y el padre, que le están escuchando desde el patio de butacas y desde un balcón recién estrenado de la Gloria, con los que en un tiempo lejano formaba una familia en la que aprendió a conocer y querer a nuestra ciudad y a sus hermandades, y recuerda el año que aprendió a leer y su Padre ya no podía decirle que ese día no quedaban más cofradías que ver, para poder llevarlo a casa, porque ya las iba marcando con una cruz en el programa. Uno piensa en la Mujer con la que un día se comprometió a compartirlo todo a los pies del Señor; en los hijos, que son lo mejor que le ha pasado en la vida, los que disfrutan del pregón de su padre y las que están jugando con su abuelo en el cielo; piensa en la familia y en los amigos, que llevan los mismos meses de tensa espera, escribiendo con su aliento y su oración. Pero más allá de todos ellos, este pregón está dedicado a los miles de hombres y mujeres anónimos que nunca subirán a un atril, ni formarán juntas de gobierno, ni serán cofrades ejemplares, ni pasarán a la Historia por nada, pero llevan siglos escribiendo la página de devoción y cariño más hermosa de esta ciudad, con su cita Semanal en la Plaza de San Lorenzo, donde siempre les espera el Gran Poder de Dios para resolver los problemas insolubles.

Ahí quedó

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