7 de julio de 2015

La mujer emparedada - Leyenda de Sevilla




Esta es una historia que bien podría haber servido como inspiración al maestro de la novela tétrica Allan Poe. En una noche invernal del año 1868 el maestro albañil Esteban Pérez recibio en su casa de la calle Marqués de Mina, cercana a la plaza de San Lorenzo, la visita de de un caballero que cubría su cabeza con sombrero y vestía una vistosa capa, este caballero llamo a casa de Esteban a altas horas de la noche para realizarle un encargo urgente, en principio recibió una negativa a hacerlo por las horas que eran pero al final consintió en acompañar al visitante en vista que el pago era alto y al contado.

Esteban preparó sus útiles de trabajo y se introdujo en un coche de caballos junto al caballero y este le indicó que debería vendarle los ojos para que no pudiese saber donde era llevado, el maestro albañil no vio el tema del todo claro y mostró su intención de rechazar el encargo, pero una pistola habilmente escondida entre la ropa del caballero le "convenció" que lo mejor era aceptar las condiciones que se le imponían en evitación de males mayores.

El coche de caballos comenzó su marcha dando giros a derecha e izquierda hasta el punto de que Esteban perdió la orientación y no sabía donde podía encontrarse, aún a pesar de conocer bien el dédalo de calles de Sevilla e ir mentalmente simulando el recorrido que realizaban. Tras un tiempo indeterminado y de haber transitado por la ciudad, y también quizás por la afueras, hecho que deduzco Esteban del ruido que hacía la cabalgadura en el firme, el coche de caballos paro y el maestro fue introducido en una casa y llevado a la planta sótano; solo una vez allí el fue retirada la venda de los ojos y comunicada su tarea.

El trabajo a realizar no era otro que levantar un tabique en una puerta para cegar una habitación, no era un trabajo difícil, pero Esteban quedó espantado al ver que dentro de la habitación que quedaría cerrada a cal y canto había una mujer amordazada y atada a una silla, que sin duda quedaría lapidada en vida. 

Con el miedo que le proporcionaba el recuerdo de la pistola del caballero el albañil realizó su trabajo lo mejor que pudo recibiendo el pago acordado y no sin antes haber oído del caballero la amenaza de que no contara nada de lo que esa noche había visto en evitación de desgracias para el y su familia. Dicho esto volvieron a vendarle los ojos e introducido en el coche que tras una hora de camino volvía a dejarlo en su casa.

Llegado a su domicilio el albañil intentó dormir pero no podía y relató a su mujer lo que había acontecido acordando ir a casa del juez para ponerle en antecedentes de lo ocurrido aquella noche.

Durante el interrogatorio Esteban no pudo precisar el lugar donde estaba la mujer habida cuenta de las mil vueltas que el coche de caballos había dado por Sevilla. El juez le preguntó si algún olor o ruido le resultaba familiar y entonces Esteban recordó que durante el trabajo oía de fondo un reloj dar los cuartos.

De dio aviso al maestro relojero de Sevilla el cual, con las indicaciones del albañil pudo determinar desde que campanario se emitía el sonido, siendo este el de la iglesia de San Lorenzo, próxima al domicilio del albañil. Localizada la parroquia quedaba conocer la vivienda donde estaba la mujer, pocas casas de la zona tenían sótano, así que no fue difícil dar con aquella donde Esteban había realizado su trabajo.

Llegado a la vivienda en cuestión el piquete pudo observar como el propietario, un rico americano, preparaba sus cosas para realizar un largo viaje, siendo detenido y llevado a presencia del juez, al tiempo que se echaba abajo el tabique que encerraba a la mujer.

Ya en presencia del juez el detenido confeso ser un rico terrateniente sudamericano que realizando negocios en Sevilla se había enamorado y casado con una sevillana, la cual, según su confesión, le había sido infiel y tramaba un plan para hacerse con su caudal. El terrateniente enterado de ello optó por encerrar a la mujer, tapiar la puerta de la vivienda y desaparecer rumbo a su país, en la confianza de que, descubierto el cuerpo, al cabo de muchos años, nadie lo reaccionaría con él.

Otra teoría sostiene que el varón era un verdugo en La Habana y que había conseguido una gran fortuna ajusticiado a reos, aún cuando blasonaba de ser un rico industrial del negocio de la caña de azúcar.



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